LA INVASIÓN DE LOS ABANICOS HURACANADOS
En estos días la naturaleza humana me ha sobrecogido sobremanera, dados los fenómenos que su comportamiento social, étnico e intercultural llegan a desencadenar. Vamos, que las salidas que tiene el personal de vez en cuando con esto de la Aldea Global, me dejan cada vez más flipado.
Sin ir más lejos, ayer, después de salir de uno de mis viajes por el mundo cotidiano, me encuentro que vivo con tres guiris:la primera de ellas es mi mujer, proveniente de Argentina; las otras dos son amigas valencianas que han venido a la feria de mi pueblo, de cuyo nombre no quiero acordarme, pero en el que ya somos 200.000.
Pues bien, me temo que la próxima vez que hable con mi casera, después de pagarle los dos meses que le debo le daré la buena noticia de que ya no necesita instalarme el aire acondicionado (muy buena noticia después del trasiego de euros del bolsillo del viandante a las cajas de las casetas que implica la feria). Y es que las guiris al uso, en sólo dos días de feria ya se han hecho con... ¡cuatro abanicos!.
Diferentes entre sí, estos cuatro especímenes de huracanado cometido que, además de efectivos, apuntan hacia una batalla campal por el diseño más original, pueden servir además para efectuar un análisis detallado de la sociedad humana que implica dicha festividad, la feria; estudio extensible a la sociedad humano-deshumanizada de la localidad que la alberga. Estudio que será objeto de próximos artículos de Doblando el Mapa.
En este caso, la cuestión a tratar es otra bien diferente, de la que los cuatro huracanitos de bolsillo son también un reflejo. Se trata de cómo estas tres guiris, como quizá la gran mayoría de ellas, llegan a la tierra del sol, el vino, los caballos, el flamenco y el pescaíto frito y quieren ser las más gitanas de la feria. En tan poco tiempo mi casa ha sido el mayor trasiego de claveles, pasos de sevillanas y pelos recogidos en un roete que he visto en mi vida ( y casi he vivido una feria por año).
El fenómeno sociocultural es curioso: las niñas que llegan de fuera intentan a toda costa mimetizarse con el medio. Las medidas son diversas para alcanzar dicho objetivo: alguna, no contenta con empadronarse aquí, ayudando así a que ya seamos 200.000, se peina tan tirante que no puede parar de sonreir, rematando con un roete o moño que me recordaba a los tiempos en los que yo era un jipi pelilargo y tenía que recogerme el pelo así para evitar un segundo plato de spaguettis con pelo, receta propia que no tuvo demasiada aceptación por el público ni por el jefe de cocina (en aquellos tiempos me gané el sobrenombre de abuela por parte de algunos, ¿sería por el peinado?). Este coqueto look, no el estrictamente culinario y profesional, sino el folklórico-festivo, estaba elegantemente adornado con un bello clavel color salmón que ya venía rebozado de polvo de la feria (también denominado alvero, quizás a manera de eufemismo).
No contenta con esta salerosa forma de llevar el pelo y con mover los brazitos como aquellas fantásticas flamenquitas de plástico que servían para sintonizar mejor el UHF, la susodicha, en este caso mi mujer, pretendia llevar tacones a mi lado. Yo, hombre de corte ibérico y allaverado, me opuse en rotundo , eso sí, de una manera democrática: denuncié el tema ante el comité de fiestas de la ONU y Kofi Annan acabó dándome la razón, tomando el hecho como una ofensa internacional y advirtiendo de la imposibilidad de frenar a las tropas estadounidenses si se enteraban del asunto.
Eso sí, el Derecho Internacional no contempla nada referente a capturar abanicos publicitarios de los que se reparten en el recinto ferial, con lo que no pude hacer nada para frenar las fuertes rachas de viento en dirección sur-sureste (siempre se ha dicho que cada uno barre pa su casa).
Sería redundante hablar de cómo las valencianas iban y venían buscando clases no-profesionales de sevillanas y colgando también claveles (en este caso unos postizos que se aplicaban con una gomilla de pelo o coletero) de sus respectivas cabelleras, así que me dispongo a sacar algunas conclusiones...
En definitiva, parece ser que el efecto es el mismo que provoca en las jipis de todo el Google Earth un viaje a La India o a La China, donde los kimonos y las túnicas se les pegan a la piel y les salen lunares en la frente. Y es que hay que joderse y reconocer que Andalucía es exótica, diferente y de cuento; cuando caminas por sus parajes suena la musiquita de Chambao.
La cuestión es que para venir de fuera y convertirse en una andaluza de serie hay que acudir a los tópicos. Ya sabemos que es así, que no existe otra fórmula, así que habrá que resignarse y contemplar el fenómeno con el mejor humor posible. Pero no quiero cerrar el asunto sin prometer que, fiel a mis raices quie jamás olvidaré, no pienso vestirme de gaucho ni de tanguero cuando vuelva por Buenos Aires, ni apareceré de nuevo por Valencia embutido en un traje de fallera.
Saludos errantes.
P.D.- En la fecha de publicación del artículo, el número de abanicos huracanados ascendía a 8.
2 comentarios
La del rodete tirante -
Memolamipelo -