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Doblando el Mapa

Crónicas cegadoras

LOS DEBERES SIN HACER

LOS DEBERES SIN HACER

     Este fin de semana tenía lugar en el Google Earth un acontecimiento digno de mencionar en las Crónicas de arte. Muchísimos fans pudieron acudir con gran espectación al estreno de X Men III, esperado título cinematográfico en el que se pueden ver a los históricos superhéroes repartiendo mamporros de lo lindo.

     Quien te escribe, como reportero no profesional y aficcionado a los tebeos, tenía previsto acudir al estreno y contártelo para que supieras cómo fue. Así habría sido de no ser por las inductivas (y efectivas) tentaciones que sufrí de sustituir el evento cultural por un acto deportivo: levantamiento de vaso en barra fija. Y es que hay causas de fuerza mayor, como puedes comprobar, para que acuda hoy a las líneas de Doblando el Mapa con los deberes sin hacer.

      La crónica de la fiesta resultante de los cambios de rumbo a los que el destino nos sujeta será publicada en otro momento. Ahora, para que no cunda el pánico, traigo otra historia de superhéroes que nada tiene que envidiar a las que tienen lugar en el cine yanki. Te contaré el origen de la fantástica Patrulla Jerez, supergrupo conocido, querido y respetado por niños y mayores de todo el ámbito urbano donde ya somos 200.000.

      Sucedió hace ya algunos años. Era una oscura noche de verano en la que, para no caer presas del mayor villano que puebla y amenaza las tierras jerezanas, el Aburrimiento, un pandilla de colegas, muchachos normales, acudían a una fiesta que organizaba Nico, el Señor de la Noche, en la casa de campo que sus viejos tenían en las afueras.

     Había como dos coches para llegar al remoto lugar, lo que significaba que unos cuantos teníamos que ir andando (la ostia). Allí estábamos Mariano, Arturo, Er Mayo, Er Torre y quien te escribe (entre alguno más que se me escapa). Caminantes incansables, pusimos rumbo paciente y pausado a las últimas calles de la "ciudad" (todavía no eramos 200.000).

     Entre risas y canciones, nuestros pasos nos llevaron a la última gasolinera, frontera entre la civilización y el medio agreste, y nos vimos forzados a tomar la decisión de recargar combustible. ¿Recuerdas los tiempos en los que la terrible Ley Seca aún no se cernía sobre nuestras cabezas como la sombra del mal? En aquel entonces era posible adquirir cerveza fría (y tabaquito) en estos locales de repostaje, así que calculamos cuántas podíamos tumbar en lo que restaba de trayecto y comenzamos a rascarnos los bolsillos.

     El preciado líquido dorado fue regando nuestras gargantas resecas a medida que acortábamos distancia con la mansión del desparrame (o base de operaciones, si se prefiere). En ese momento todos sentimos algo extraño; poco a poco notábamos cómo nuestros cuerpos de mortales se llenaban de una energía fuera de lo común y el camino dejaba de pesar. Puesto que pronto fue difícil establecer la diferencia entre medio llenas y medio vacías de las birras, lo achacamos al alcohol contenido en ellas. Hoy, sin embargo, sabemos que no fue así.

     Al cabo nos adentramos en la oscuridad más tenebrosa, en la que reinaba el más absoluto silencio, roto tan solo por el  armonioso canto de los grillos. Lo poco que alcanzaba nuestra vista no era más que campo y carretera. Aún así, las risas y los cantos de camino mantenían nuestro jovial ánimo en pie. Y de repente...

     Un grito en la distancia heló nuestros semblantes. "¡¡¡Policíaaa!!!", parecía decir. Luego el silencio de nuevo. Hubiera sido genial que apareciera rodando por allí una bola de heno girando empujada por el viento, como en las películas del oeste. Es un recurso visual que describe perfectamente la tensión del momento. Pero en la vida real, esas cosas no suceden. "¡¡¡Policíaaa!!!", surgió el grito de nuevo, seguido de otra voz que susurraba como si viniera de ultratumba: "¡Sssh! Cállate!".

     Y nosotros allí, petrificados como momias. Lo más intrépido que alguno de los muchachos dijo fue "Illo, illo, ¿q'hacemo?". Entonces surgió una sombra de entre la hierba, corriendo hacia nosotros como posesa y pidiendo ayuda. Según se acercaba vimos que era una mujer escuálida, con el pelo alborotado y las vestiduras justas, que se arrojó sobre nosotros. En su desesperación clavaba sus uñas en la piel de Er Torres y sollozaba no sabemos qué exactamente, antes de salir corriendo de nuevo en dirección a la gasolinera mientras trataba de parar a los coches que pasaban por el camino.

     Acto seguido escuchamos el sonido de una máquina de destrucción que venía del mismo punto que la extraña fémina y también se dirigía a nuestro encuentro. Sin apenas salir de nuestro asombro fuimos sorprendidos por el más malo de todos los supervillanos a este lado del Google Earth, el temible Vengador Gordo de la Moto Campera, al ritmo de su acojonante grito de guerra "¡¡¡La matooo!!!, ¡¡¡yo la matooo!!!".

     El Vengador paró su vehículo frente a nosotros y con cara de amenaza nos preguntaba: "¿Pa dónde z'ha io, que la mato?". No lo dudamos ni por un instante; todos hicimos un corro alrededor de aquel mastodonte enajenado. Entonces descubrimos que, no se sabe por qué, habíamos adquirido el poder de hacernos el tonto. "¿Pa dóde z'ha io quien?", preguntamos. El Vengador estaba a punto de lanzarnos un rayo destructor; lo notamos en que su rostro enrojecía a paso de gigante. "La puta, que m'a cobrao y no ha querío hacerme na. ¡La via matá!". 

     Alguno de los muchachos, de repente, puso de manifiesto un nuevo súperpoder, el de la locuacidad, cuando afirmó con arrojo: "Pero gúeno, ezo tampoco e pa matahla, ¿no?". El Vengador comenzaba a metamorfosearse y el peligro aumentaba. Ahora tenía toda la cara de una bestia procedente de otro planeta, como por ejemplo el planeta de los simios.  "¿Cómo que no?", exclamaba encolerizado, "l'he pagao y z'ha io cin hacerme na, ¡deharme que me la cargo!"

     El tiempo se acababa y no podíamos permitir que aquel hijo del mal fuera en busca de la pobre muchacha sin que ella se hubiera puesto a salvo tras los surtidores. Había que hacer algo. Así que entró en acción otro de nuestros súpercompañeros, haciendo alarde en este caso del poder de la moralidad: "¿Y pa qué te va con una puta?".

     No te puedes imaginar hasta qué punto llega la fuerza del Vengador Gordo de la Moto Campera, que ante tan bravo ataque utilizó el más siniestro de sus poderes del mal: se cagó en los muertos de todos nosotros. A pesar del aturdimiento que sufrimos, hicimos un último esfuerzo para derrotar a aquel diablo con la extraordinaria facultad que habíamos adquirido de repente, la de confundir al contrario: "Mira, que tú no va a matá a nadie. Ademá, no zabemo pa dónde z'ha io". Y El Vengador responde contundentemente: "¡Venga, quitarce der medio que zaco er fuhco y os dejo ceco!" Alguno de nosotros, que ahora poseía la increible habilidad de interesarse por las cosas, preguntaba por lo bajo a otro: "Illo, illo, ¿un fuhco qué e lo que e?".

     Llegados a este punto, teniendo en cuenta los factores de distancia, velocidad de la chica y de que El Vengador contaba con un fusco, arma que evidentemente servía para ofuscar o ensombrecer eternamente al contrario, dejamos que aquel temible bandido se fuera a toda pastilla. Mientras mirábamos cómo se alejaba, no podíamos explicarnos cómo la moto podía sostenerlo sin partirse en dos: realmente era un tipo fuerte y su nombre de guerra no era en vano. No obstante, estábamos tranquilos porque seguro que aquella señorita de vida despreocupada ya habría llegado por lo menos a San Fernando, lugar donde la protegerían las eminentes Fuerzas de Seguridad del Estado.

     Y así continuamos camino de la fiesta, orgullosos del acto de bien que acabábamos de realizar y asombrados aún de las habilidades extraordinarias que aquella cerveza de extraña procedencia nos había otorgado. Desde aquel momento comenzó nuestra eterna y fatigosa lucha contra el mal; había nacido la Patrulla Jerez, más conocidos en nuestro entorno como Los Rescataputas.

Saludos errantes.

    

    

LO JURO: LA CULPA FUE DEL PIMIENTO

LO JURO: LA CULPA FUE DEL PIMIENTO

     No se hasta qué punto uno puede creer (o creerse a sí mismo) si hablamos de excusas después de cometer errores que son capaces de avergonzarnos ante los demás. Más cuando nos encontramos en la tierra de las excusas por antonomasia; para demostrar esto último solo tengo que remontarme al caso verídico de los instaladores del armario empotrado que faltaba en mi domicilio. Tardaron un mes en venir a montarlo, y este mismo lunes (curiosamente despues de la feria), aparecen dos de ellos con las piezas del armario diciendo que habrían de venir al día siguiente. Existen dos versiones diferentes de los hechos:

      a)- Mi mujer (¿te acuerdas de la argentina aflamencada?) ve llegar a tres armarios, uno desmontado y dos caminando sobre sus dos patas, explicando antes de entrar que el instalador había faltado al trabajo.

     b)- Yo subo a por una cosa que se me había olvidado al salir para el curro, y me encuentro con dos individuos enmonados (vestidos con un mono), que tratan de convencerme de que les falta la herramienta.

     Podría extenderme en esta historia, pero no debería andarme por las ramas, pues el motivo que me impulsa al artículo de hoy es bien distinto.

     Debo hacer una declaración pública que bien puede sonar a excusa, además, de las menos elaboradas, pero  quedaría en mi consciencia si evito la responsabilidad de defender la verdad a toda costa, ya que, como le dijera el tío Ben a Peter Parker, alter ego de Spiderman, todo gran poder conlleva una gran responsabilidad, y disponer de este blog gratuito me empuja a contarte siempre lo que realmente pasó.

     Para que te sitúes, debo remontarme a un domingo cualquiera de abril en el que, sin motivo aparente alguno, se organizaba a pocos kilómetros de aquí una comida mexicana a la que había sido invitado.

     Tras darle un par de vueltas, decidí que lo mejor sería corresponder a la invitación y allí me presenté, dispuesto a romper con la monotonía del puchero, el gazpacho y las lentejas. No hacía sol aquel día, más bien estaba nublado e incluso llovió, y en la casa donde se celebraba el evento todos se agolpaban ya en el salón contemplando con gran espectación cómo Fernando Alonso quedaba segundo en el Gran Premio de Italia de fórmula uno. Me recibieron los anfitriones con efusión y el alma de la fiesta, un espermatozoide con mucho brío, ya me tenía preparado el primer tequila, con su sal, con su limón, como debe ser, vaya.

     Comencé a picar y a hacer un poco de vida social entre los concurrentes cuando el segundo tequila se convirtió en un acto colectivo de adoración a México. Alguien trataba a toda costa de alcanzar el equipo de música para poner un CD de Rocío Dúrcal a manera de doble homenaje. Otros cuantos trataban de impedírselo.

     Entonces comenzó a aparecer más gente, como sucede siempre en estos casos, y aquí fue donde observé que el detalle de recibir a los recién llegados con una rodaja de limón, el salero y un chupito de plástico hasta arriba de tequila era un distintivo de la fiesta. El Andaluz Errante siempre tuvo un espíritu hospitalario, con lo que para no ser descortés, rápidamente me prestaba a acompañar al bienvenido con su trago.

     Entre cerveza y cerveza, pude llegar a contar un total de cuatro tandas de nuevos invitados, al menos de las que yo fuera consciente. Y entre ellas, llegaron los tacos, el chile, el guacamole, solicitando audiencia inmediata con el  señor  Gambrinus tras su ingestión.

    En esto, y de forma muy discreta, comienza a correr el rumor entre los presentes de que no todos los integrantes del comité estaban fumando tabaco, así que un paseito por el patio me llevó a llenar mis pulmones con vitaminas T, H y C (ésta última muy efectiva conta los resfriados).

     Bien, pues durante los siguientes actos sociales, que no iban más allá de la conversación, pues aún no había llegado el baile, comencé a sentirme blanco y poco estable. Ya no era yo quien hablaba y escuchaba, estaba demasiado ocupado en mantener la estabilidad, que había perdido así como de repente.

     En repetidas ocasiones fui a tomar medidas al servicio de los anfitriones, como si de un escayolista más estuviera hablando, y tras dichas idas y vueltas, agotado por el esfuerzo extremo, no pude evitar caer paulatinamente en un estupendo sopor.

     Todos y todas los que presenciaron lo sucedido, y quizás también tú, que visitas al Andaluz Errante, pueden pensar que la causa del lamentable estado en que acabé (ver foto) no fue otra que el exceso incontrolado con el alcohol, aunque existen quienes mantienen la teoría de que el motivo fue la mezcla de espirituosos con otras sustancias.

     Sin embargo, y esto es lo que quiero dejar claro, estoy seguro al cien por cien de que mi descomposición y el dulce sueño (no podía ser de otra manera, ¿eh?) en el que me imbuí fueron consecuencia de otra bravonada bien distinta. En algún momento del ágape, nuestra increíble cocinera experta en mexicanismo sacó a la mesa un plato de pimientos picantes al más puro estilo charro. Y ahí estábamos los muy machos, a ver quien se comía uno de un bocado. Después de una serie de objeciones y argumentaciones, y a la siempre alentadora voz  de "no tiene cohone" quien te escribe se tragó una de aquellas diminutas bombitas verdes si rechistar, sin soltar una sola lágrima y disminuyendo el diámetro de su orificio anal en un  25%.

     Nada más que explicar. Soy un hombre resistente que ha vivido mil juergas diferntes. En algunas salí mejor parado que en otras (lo pueden ratificar algunos gallegos), pero en esta ocasión, aunque parezca una excusa más, lo crea quien lo crea, no importa, juro que la culpa fue del puto pimiento picante.

Saludos errantes.

LA INVASIÓN DE LOS ABANICOS HURACANADOS

LA INVASIÓN DE LOS ABANICOS HURACANADOS

    En estos días la naturaleza humana me ha sobrecogido sobremanera, dados los fenómenos que su comportamiento social, étnico e intercultural llegan a desencadenar. Vamos, que las salidas que tiene el personal de vez en cuando con esto de la Aldea Global,  me dejan cada vez más flipado.

     Sin ir más lejos, ayer, después de salir de uno de mis viajes por el mundo cotidiano, me encuentro que vivo con tres guiris:la primera de ellas es mi mujer, proveniente de Argentina; las otras dos son amigas valencianas que han venido a la feria de mi pueblo, de cuyo nombre no quiero acordarme,  pero en el que ya somos 200.000.

     Pues bien, me temo que la próxima vez que hable con mi casera, después de pagarle los dos meses que le debo le daré la buena noticia de que ya no necesita instalarme el aire acondicionado (muy buena noticia después del trasiego de euros del bolsillo del viandante a las cajas de las casetas que implica la feria). Y es que las guiris al uso, en sólo dos días de feria ya se han hecho con... ¡cuatro abanicos!.

     Diferentes entre sí, estos cuatro especímenes de huracanado cometido que, además de efectivos, apuntan hacia una batalla campal por el diseño más original, pueden servir además para efectuar un análisis detallado de la sociedad humana que implica dicha festividad, la feria; estudio extensible a la sociedad humano-deshumanizada de la localidad que la alberga. Estudio que será objeto de próximos artículos de Doblando el Mapa.

     En este caso, la cuestión a tratar es otra bien diferente, de la que los cuatro huracanitos de bolsillo son también un reflejo. Se trata de cómo estas tres guiris, como quizá la gran mayoría de ellas, llegan a la tierra del sol, el vino, los caballos, el flamenco y el pescaíto frito y quieren ser las más gitanas de la feria. En tan poco tiempo mi casa ha sido el mayor trasiego de claveles, pasos de sevillanas y pelos recogidos en un roete que he visto en mi vida ( y casi he vivido una feria por año).

     El fenómeno sociocultural es curioso: las niñas que llegan de fuera intentan a toda costa mimetizarse con el medio. Las medidas son diversas para alcanzar dicho objetivo: alguna, no contenta con empadronarse aquí, ayudando así a que ya seamos 200.000, se peina tan tirante que no puede parar de sonreir, rematando con un roete o moño que me recordaba a los tiempos en los que yo era un jipi pelilargo y tenía que recogerme el pelo así para evitar un segundo plato de spaguettis con pelo, receta propia que no tuvo demasiada aceptación por el público ni por el jefe de cocina (en aquellos tiempos me gané el sobrenombre de abuela por parte de algunos, ¿sería por el peinado?). Este coqueto look, no el  estrictamente culinario y profesional, sino el folklórico-festivo, estaba elegantemente adornado con un bello clavel color salmón que ya venía rebozado de polvo de la feria (también denominado alvero, quizás a manera de eufemismo).

     No contenta con esta salerosa forma de llevar el pelo y con  mover los brazitos como aquellas fantásticas flamenquitas de plástico que servían para sintonizar mejor el UHF, la susodicha, en este caso mi mujer, pretendia llevar tacones a mi lado. Yo, hombre de corte ibérico y allaverado, me opuse en rotundo , eso sí, de una manera democrática: denuncié el tema ante el comité de fiestas de la ONU y Kofi Annan acabó dándome la razón, tomando el hecho como una ofensa internacional y advirtiendo de la imposibilidad de  frenar a las tropas estadounidenses si se enteraban del asunto.

     Eso sí, el Derecho Internacional no contempla nada referente a capturar abanicos publicitarios de los que se reparten en el recinto ferial, con lo que no pude hacer nada para frenar las fuertes rachas de viento en dirección sur-sureste (siempre se ha dicho que cada uno barre pa su casa).

     Sería redundante hablar de cómo las valencianas iban y venían buscando clases no-profesionales de sevillanas y colgando también claveles (en este caso unos postizos que se aplicaban con una gomilla de pelo o coletero)  de sus respectivas cabelleras, así que me dispongo a sacar algunas conclusiones...

     En definitiva, parece ser que el efecto es el mismo que provoca en las jipis de todo el Google Earth un viaje a La India o a La China, donde  los kimonos y las túnicas se les pegan a la piel y les salen lunares en la frente. Y es que hay que joderse y reconocer que Andalucía es exótica,  diferente y de cuento; cuando caminas por sus parajes suena la musiquita de Chambao.

     La cuestión es que para venir de fuera y convertirse en una andaluza de serie hay que acudir a los tópicos. Ya sabemos que es así, que no existe otra fórmula, así que habrá que resignarse y contemplar el fenómeno con el mejor humor posible. Pero no quiero cerrar el asunto sin prometer que, fiel a mis raices quie jamás olvidaré, no pienso vestirme de gaucho ni de tanguero cuando vuelva por Buenos Aires, ni apareceré de nuevo por Valencia embutido en un traje de fallera.

Saludos errantes. 

P.D.- En la fecha de publicación del artículo, el número de abanicos huracanados ascendía a 8.