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Doblando el Mapa

UNA TARDE EN EL FALLA (Omar Faruk Tekbilek)

UNA TARDE EN EL FALLA   (Omar  Faruk Tekbilek)

     No vayas a pensar que El Andaluz Errante es sólo un amante de la jarana sin control. Tienes razón en que hasta ahora la mayoría de las crónicas incluyen alusiones a términos como juerga, fiesta, cerveza, vino y similares. No lo niego: el espíritu festivalero invade a quien te escribe en numerosas ocasiones, pero esta es una más de mis múltiples facetas. También El Andaluz Errante es un ferviente admirador de la cultura en todas sus manifestaciones. No por otra razón se creó la sección Crónicas de Arte, quizá el menos frecuentado hasta ahora de los temas de este humilde blog, pero no por ello menos importante. De hecho, su presencia va mucho más allá del mero valor testimonial.

     Como ejemplo de ello, hoy traigo a tu vista el relato exquisito de cómo, junto a la archiconocida Argentina Aflamencada tuve el honor de disfrutar de un espectáculo sublime. Hablo ni más ni menos que del concierto que, junto a su fenomenal banda, brindó el cantante y músico sufí Omar Faruk Tekbilek, turco de nacimiento y ciudadano del mundo de condición.

     Iba un buen día (todo lo bueno que puede ser un día laboral) caminando hacia el trabajo cuando me encontré por sorpresa con un cartel aferrado a su pared como si de una lapa se tratase -no hubo forma de despegarlo para llevarlo a casa. ¡El gran Omar Faruk actuaba en Cádiz el día 10 de junio, en un enclave ideal como no podía ser otro que el Gran Teatro Falla! Cuna carnavalera de mis sesiones de cine universitario y teatro barroco durante mi etapa de estudiante, era genial tener una oportunidad como aquella para disfrutar  nuevamente de las butacas del Falla, y más con un espectáculo como aquél.

     Tras convencer a la benévola Argentina Aflamencada para que me acompañase con una sesión de horas de escucha de la música del turco (derrota por abatimiento, se llama la técnica) me apresuré en llamar para reservar dos entradas. La amable telefonista me advirtió de que solo quedaban asientos libres en el paraíso -el gallinero, para los mundanos- del teatro, sin numerar.

     Significaba aquello que no sólo tendríamos ocasión de ver un espectáculo por todo lo alto, sino también desde todo lo alto, con el enriquecimiento que da la observación y el análisis del comportamiento social en este tipo de circunstancias.

      No fue difícil conseguir un fin de semana más que el bueno de mi viejo nos dejara el coche. Con La Argentina Aflamencada al volante nos plantamos en la Tacita de Plata (la urbe gaditana, para quien no controle la bahía) dos horas antes del espectáculo; no en vano su apellido en el Google Earth es Fittipaldi. Recogimos las entradas en el Falla, delicioso edificio. La taquilla lucía el cartel Localidades agotadas para el espectáculo de hoy. Impresionante. Tras tomar café y hacer acopio de literatura en el rastro de la plaza del Mentidero  (conseguí toda una joya, el libro Un vago, dos vagos, tres vagos, de El Gran Wyoming, indiscutible genio de nuestro tiempo), volvimos a la puerta del teatro a hacer la cola correspondiente a los titulares de entradas sin numerar. Toda una especie en sí misma ésta última, no te creas.

     Ocho de la tarde. La Argentina Aflamencada y El Andaluz Errante ocupaban los puestos catorce y quince de la fila, situación muy favorable si tenemos en cuenta que quince minutos después la jauría humana se perdía de vista tras la esquina del local. Tras de mí un par de amigas mantenían una larga conversación acerca de meditación trascendental, luchando por cuál de ellas soltaba la verdad más categórica y reveladora. Nunca escuché en mi vida mayor brocheta de tópicos sobre la felicidad, la paz interior y el hare hare.Es lo que propicia esta clase de recitales, aunque al menos son tranquilos en cuanto a que no se acerca por ellos ningún fascistoide ni cani alguno. Ocho treinta. Una señora con una niña de la mano se acerca al grupo de intelectuales que teníamos justo delante. Saludos efusivos, conversación inicial y un terrorífico "Esperad, que voy a avisar a Fulanita, que está atrás en la cola" que salió de los labios de la señora. Sin disimulos, ¿para qué?. Ocho y treinta y dos. Fulanita resultó ser toda una congregación paralela de culturetas que se sumaron al grupo primigéneo. Mi mujer y yo pasabamos a los puestos veintiocho y veintinueve como por arte de magia. La caída de Valentino Rossi en el Gran Premio de Jerez de Motociclismo no fue peor que aquello en cuanto a pérdida de posiciones.  Ocho y cuarenta y cinco. La Argentina Aflamencada comenzaba a preguntarse interiormente qué hacía allí en lugar de estar viendo el partido Argentina-Costa de Marfil en cualquier bar del paseo marítimo.

     Al poco tiempo se abrieron las puertas del teatro. Comprobamos que la cultura no está reñida con el deporte. La estampida de intelectuales corriendo por las escaleras de los dos pisos que nos separaban del Paraíso fue apoteósica. Todos en la civilizada lucha por un sitio decente en las gradas. Yo corría como podía para estar a la altura de las circunstancias y subir mi nivel cultural tan rápido como podía. Mi mujer hacía esfuerzos sobrehumanos por seguirme. Ahora se convencía de que definitivamente hubiera sido mucho mejor optar por el deporte rey. 

     Exhalando lo poco que nos quedaba de aliento, logramos un par de lugares (duros asientos de madera rígida como piedra) en la primera fila del gallinero, justo detrás del palo, quiero decir, de la barandilla. La carrera mereció la pena. Rodeados de gente con prismáticos (individuos especializados en la materia teatral), sentimos los tres timbres de aviso. Las luces fueron bajando. El murmullo constante se apagaba al mismo tiempo. En el escenario, salpicado de bendires (panderos árabes), darboukas, laúdes, un qanun (especie de salterio) y flautas varias (del tipo kaval turco y nai marroquí) que se combinaban de manera extraña con teclados y una guitarra acústica. Todo a punto. Poco a poco, los músicos entraban silenciosamente a escena. Mientras se colocaban en sus asientos, dispuestos en semicírculo, aparecía el gran Omar. El aplauso fue demoledor.

     Durante el primer tema, nos dejó a todos boquiabiertos. Suenan teclados, laud y luego flauta, de los labios del maestro. Tras soltar el viento, hizo gala de su impresionante dominio de registros vocales en un estremecedor canto sufí. Subía a los agudos más altos y luego se adentraba en graves cavernosos, con un sentimiento tal en lo que hacía que directamente tocaba el alma. La carne de gallina en todo el patio de butacas, palcos, plateas y por supuesto en el gallinero, que ahora se convertía de nuevo en paraíso.

     Después de una apertura de tamaño nivel, siguieron numerosas muestras de mestizaje musical como sólo podía darse entre los artistas turcos, italianos, griegos, armenios y yankis que ocupaban las tablas. Del trance a la melancolía, y de ahí a la alegría y el ritmo. Cerrando con una fiesta en dos bises en la que las espontáneas de las escuelas de danza del vientre hacían sus pinitos frente a los músicos. Algunos de ellos se miraban con picardía como repartiéndose el botín. Todos se lucieron con impresionates solos.

     Casi dos horas de recital en las que el sublime calor no  fue impedimento  para el deleite;los sentimientos se movían por dentro como corrientes eléctricas. Fue resultado de la música en directo con todas sus consecuencias: viva, inventándose a cada momento a sí misma, plagada de improvisación y de frescura sostenidas por modos ancestrales.

     Pude traerte un par de fotos del evento. En la primera de ellas puedes ver cómo El Andaluz Errante hace gala de prestancia y su saber estar en un espectáculo de semejante altura. Importante la rectitud de espalda, la seriedad del semblante y, fundamental, la mano sosteniendo la barbilla con aire trascendente. Para que luego digas que sólo soy un juerguista. En la principal, Omar Faruk rodeado de su banda en uno de los momentos clave del espectáculo.

     La segunda tuvo sus riesgos; el reportero no profesional se expone en más de una ocasión por el placer de informar a sus visitantes. Mientras la estaba sacando con la cámara digital de mi mujer, el tipo que estaba a mi lado me espetó con tono intransigente: "Si no puedes sacarle el sonido a la cámara no saques más fotos". Amigo de sus amigos, sin duda. El Andaluz Errante, ser razonable después de todo, evitó altercados limitándose a apagar el artefacto y tragándose un par de frases célebres en pro del recital. Pero no quedó sin venganza el agravio. Al cabo el tipo seco se ponía a seguir el ritmo sobre la barandilla, oportunidad que no desperdicié para indicarle: "Perdona, ¿te importaría no dar golpecitos, por favor?" . Saboreé el momento vuelto hacia el espectáculo, mientras podía sentir como el tipo me miraba fijamente con cara de lunes después de hacer la declaración de la renta y que salga positiva. No importaba, mis sentidos estaban en otra parte, allá abajo, y mi mente evadida en los cálidos oasis de la música.

     Tras aquellas dos horas, salí de allí con el trasero como un bendir (pandero árabe), pero con el espíritu satisfecho. Nunca podré agradecer más a La Argentina Aflamencada que supiera perderse un partido de fútbol como en aquella ocasión. Te quiero, chula.

Saludos Errantes.

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