A las buenas. Aquí tienes de nuevo al Chef Errante, dispuesto a aderezar tus viernes una vez más.Con los cuchillos afilados, el delantal radiante, el fuego a punto y la sartén por el mango, tengo que agradecer tu visita infalible a la cita que tenemos semanalmente. Antes de comenzar con la nueva receta que hoy triago preparada, quisiera transmitir, ya que se me brinda la oportunidad, la satisfacción que me aportan algunos de los comentarios recibidos a raíz de mi receta de la semana pasada. Gozo más que con un puchero calentito al saber que en algún caso ha suscitado una hilaridad limpia y eficiente como una hornilla nueva. Sin embargo he de decir también que, con respecto a algunas bromas menos sabrosas, no pienso hacer caso a los piques. Sencillamente, considero que no es un dato relevante la apetencia sexual de un cocinero profesional, así que no pienso hacer declaraciones sobre este punto. De hecho, para que puedas disfrutar de mis recetas de vida, no necesitas saber si el Chef Errante es gay o no. Pero no te preocupes si sientes una alusión directa con lo que acabo de comunicar. Para que veas que no me enfado, también a tí te dedico esta suculenta receta. ¡Eah! Pasemos un trapo por la encimera y a cocinar se ha dicho.
La semana pasada partimos de una base fundamental para el ámbito culinario: aprendiste cómo no entrar en una cocina. Lección práctica, útil y sin duda más aprovechable que un cochino ibérico. Pero sin duda no puedes quedarte sólo con esa enseñanza, al menos si pretendes realmente llegar a chef algún día. Por eso es que hoy, revisando entre mis viejos libros de recetas, he pensado que lo más indicado es mostrarte otra de las formas posibles de intentar acceder al puesto de trabajo de técnico en platos, ollas e ingredientes. Espero que el resultado sea apetecible.
Receta del día:
Pase sin llamar.
Después de mi último intento frustrado entre las cacerolas del Emperador Trajano, decidí un cambio de rumbo en mi dura y desabrida existencia. A partir de entonces me dediqué a buscar trabajos normales de persona normal, como ofrecer radios y lamparitas a la gente que pasaba por la calle. Dedicado de lleno a mi carrera de vendedor ambulante, confiné mi vocación gastronómica a la siempre mugrienta cocina de mi piso de alquiler de la Alameda.
Allí comencé a experimentar con rigor científico mezclando todos los víveres que podía conseguir. Incluso, para obtener una visión objetiva de mis resultados, invitaba repetidas veces a comer a diferentes amistades que, con gusto, se prestaban a la prueba. Según pasaban los meses iba percatándome de mi evolución en la materia: las sonrisas de los comensales y sus exclamaciones del tipo "¡mmm!, ¡qué bueno!" se acercaban cada vez más a la sinceridad total.
Bien, pasaron los años y el destino, rueda imparable, me llevó por distintas viviendas, ciudades, puestos de trabajo y amistades. Un profundo párrafo con el que lo único que pretendo es saltarme todo lo que no interesa hasta que llegamos al meollo de la cuestión. De nuevo en Sevilla, un gélido mes de noviembre, me encontraba quemado como una patata olvidada en el horno. Mi empleo como comercial de calefacciones e instalaciones de gas natural no era del todo realizante, especialmente durante el recién pasado verano. ¿Quién piensa, en Sevilla, en pleno agosto, si es que no ha podido huir hacia la costa, en instalar una calefacción?
Pues resulta que una amiga de la novia de un amigo trabajaba en la barra de un curioso restaurante donde les hacía falta un cocinero. Cuando la novia de mi amigo me lo hizo saber, vi ante mí una nueva oportunidad de fama y gloria. No dudé en tomar un autobús hacia la otra punta de la ciudad para aparecer aquel viernes por la noche en el Fort Apache, pues si de algo está llena mi gran cabeza es de empeño y, créeme, cabe mucho.
Un pub lleno de humo y gente con la cabeza llena de humo fue lo primero que encontré al atravesar la puerta del Fort Apache. La decoración hacía honor al nombre del lugar, todo revestido de madera, con fotografías de indios en las paredes y alguna mollera de búfalo disecada. Curiosa variante western de los típicos bares cañís, con carteles de la fiesta nacional y cabezas de toro amenazando con caer de la pared y clavar un cuerno en el ojo de algún borracho. También las bebidas y el público eran, consecuentemente, variantes. Al tintorro lo sustituían enormes balones de güisqui, y a los paisanos jugadores de dominó, camperos venidos a más: con sus abrigos Husky, sus pantalones de pana y su pelo engominado como para provocar que el cuerno del búfalo rebotara en caso de accidente. "¿Dónde está aquí el restaurante?" fue lo primero que pude pensar en cuanto el humo me dejó ver algo. Tras la barra se veía a la camarera amiga saludando con la mano. "Ahora aviso al encargado", creí entenderle entre el murmullo constante y la música de moda de Operación Triunfo.
Al cabo de unos segundos aparecía desde una puerta misteriosa que había al fondo un individuo largo como un día sin pan, flaco como si se hubiera pasado un mes sin pan y encorvado como si anduviera buscando migas de pan por el suelo. Era P..., el encargado, que no estaba vestido de boy scout, como creí en un principio, sino de soldado del Séptimo de Caballería. Es por ello que lo llamaré John Wayne, para no romper el encanto del lugar.
Tras el protocolo del saludo, John Wayne introdujo la conversación, como para llevar las riendas del asunto: "Me ha dicho tu amiga la camarera que eres cocinero..." ¿Qué responder en esa situación? ¿Podría pasar esta vez por un chef experto? Tomando en consideración el contexto general, probablemente. Parecía un lugar de locos, aquél. Sin embargo, ¿podía permitirme correr el riesgo? Desde luego, no tenía experiencia en cocina, pero sí como fracasado, con lo cual no tenía nada que perder; puse, pues, toda la carne en el asador: "Mira, John, nunca he trabajado en una cocina, la verdad, pero sí en hostelería. He sido camarero en Castellón y, bueno, allí ví la cocina de cerca"-omití la parte en la que robaba bollos, me pareció poco cortés-"y además, en casa el que cocina soy yo. Vosotros necesitais un cocinero urgentemente, y yo aprendo deprisa. Hacedme una prueba y si no os gusto, me voy sin problema."
¿Has visto alguna vez cómo se le salen a una persona los ojos de las órbitas, la mandíbula se le cae al suelo y su cara se tiñe de cuadros escoceses? Yo tampoco, pero en esta ocasión me faltó un cuarto de hora. John Wayne estaba más confuso que el paradero de Bin Laden, pero como buen cowboy tenía que tomar una decisión rápida. "Voy a hablar con el jefe de cocina. Ven conmigo."
Resultaba curioso, la densidad del humo parecía mucho mayor alrededor de John Wayne que en el resto del pub mientras le seguía. Atravesamos la misteriosa puerta y, tras cruzar un pasillo, dimos a parar a un enorme comedor lleno de vitrinas con trajes de indios americanos, arcos, flechas, sombreros de vaquero, revólveres y demás objetos de colección. Parejas y grandes grupos salpicaban el local degustando sus menús, aunque no les presté mucha atención, la verdad. Cuando llegamos a la cocina, enorme y de una blancura cegadora, me costaba trabajo distinguir si lo que tenía John en la garganta era la nuez o alguna otra parte de su anatomía que se había movido de su lugar. Abordó entonces al jefe de cocina. Yo estaba un poco retirado, de modo que no podía oir lo que hablaban, pero el rostro del cocinero se volvía como de piedra poco a poco. Al cabo asintió inclinando la cabeza.
John respiró aliviado y me indicó que me acercara: iba a presentarme oficialmente en la cocina. El jefe era bajo y rechoncho, y su compañero alto y delgado, de modo que los llamaré a partir de ahora Bud Spencer y Terence Hill, sin más explicaciones. "Bueno -argumentaba John Wayne- este chaval viene a trabajar con muchas ganas, así que vamos a hacerle una prueba de una semana, para que aprenda, ¿no?." Su sonrisa bien podía haberle roto las orejas. Bud Spencer, rostro de piedra, lo secundó dirigiéndose a mí: "Bien, vente el lunes, y te quedas la semana entera. Si te desenvuelves bien, te aceptamos." Terence Hill se presentó de forma escueta: "Hola, me llamo Terence y soy maricón."
Aún hoy no encuentro la causa de la relación, pero en la gran mayoría de las cocinas hay un cocinero gay. Es uno de los grandes misterios que rodea al enigmático mundo culinario. Pero no es esa la cuestión. ¡El tema es que me habían concedido la dichosa prueba!
No lo podía creer, aunque los motivos estaban claros: en una cocina donde el personal habitual son tres cocineros, se les había marchado una de repente, de forma que niguno de los otros dos podía descansar el día y medio estipulado por semana. Iban a aprovechar la situación porque no tenían nada mejor (la picaresca en Sevilla se remonta a los tiempos de Cortadillo y Rinconete). Después... Alá proveerá.
En fin, no importaba. Aunque fuera por las circunstancias, por fin tenía mi oportunidad. Quería ser cocinero y al cabo parecía que lo había conseguido, ¿o no?.
* * *
Bien, ya tengo que ir recogiendo los cacharros, pero volveré la próxima semana con una nueva receta para deleite de quien visite al Chef Errante. Espero que la semana no se te haga muy larga.
Buen provecho.