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Doblando el Mapa

Crónicas del Chef Errante

CRÓNICAS DEL CHEF ERRANTE: CERRADO POR SOBREMESA

CRÓNICAS DEL CHEF ERRANTE: CERRADO POR SOBREMESA

     Hoy el Chef Errante se nos ha ido de vacaciones, con lo que no nos dejará su estupenda receta de cada viernes. El pobre también tiene derecho. Pero no te preocupes, España juega en el Munidal. Ya se sabe que las penas con fútbol son menos (¿sí?). 

     Pronto lo tendremos de vuelta por aquí. Nos ha enviado una foto para que sepamos que está bien. No te aflijas, visitante de Doblando el Mapa, más bien disfruta del fin de semana.

Saludos errantes.

CRÓNICAS DEL CHEF ERRANTE: INDIOS Y VAQUEROS

CRÓNICAS DEL CHEF ERRANTE: INDIOS Y VAQUEROS

     A las buenas. Otro viernes más. ¡Qué bien! El Chef Errante y sus especias han vuelto para dar un poco de sabor. Ya sabes cómo me enriquecen estas citas semanales contigo, visitante de Doblando el Mapa, a quien tengo en la más absoluta estima, y cómo me cuecen esos comentarios acerca de mis posibles gustos en otros ámbitos de la vida quizá más íntimos. Pero no importa. Estoy feliz de poder brindarte otra de mis exquisitas recetas de vida a través de las cuales pretendo formarte en el apasionante mundo de la cocina profesional. Hoy tenemos al fuego unos ingredientes fuera de serie. Ya sabes cómo no se entra en una cocina. También conoces una posible forma de colarte dentro. Y una vez ahí, ¿qué hacer?, ¿cómo actuar? , ¿a fuego lento o en plena ebullición? Sólo la experiencia puede darte la respuesta; aquí tienes una pequeña prueba a modo de degustación.

Receta del día:

Lecciones de cocina creativa.

     John Wayne, Bud Spencer y Terence Hill me esperaban el lunes siguiente en la singular cocina del Fort Apache. Aproveché el que podía ser mi último fin de semana de libertad para despedirme de mis seres queridos y recordarles que siempre los llevaría en el corazón. Sabía que podía no volverlos a ver en mucho tiempo dada la condena que yo mismo me infligía, extrañas locuras de juventud. Iba a pasar toda una semana de prueba en aquel laboratorio gastronómico; el éxito implicaba no volver a ver la luz del sol en mucho tiempo, a cambio de una nueva experiencia. No sé en qué estaba pensando, la verdad,  pero estaba decidido a ello.

     Todavía no había abandonado oficialmente mi puesto de comercial de Gas Natural, así que aparecí por la oficina el lunes temprano, pensando que era uno de los últimos días en los que tendría que ver las caras a aquellos  piratas redomados: nunca estuve convencido de que pudiera llegar a sentirme realizado  en un lugar donde había diez comerciales y cuatro directivos. Después de la reunión de rutina, en lugar de visitar a mis clientes, como de costumbre, emprendí el camino hacia el restaurante. Allí me presenté con mi pelo recogido -entonces era un jipi  pelilargo-, mi camisa, mis pantalones de pinza y mis elegantes zapatos, conjunto del que se componía mi mono de trabajo de picapuertas. Saludé a John al entrar, luego encontré en la cocina, como era de esperar, a Bud y a Terence, que me esperaban con el cuchillo en la mano. Creo que las muecas contenidas de la plantilla del Fort Apache se debían a mi curiosa vestimenta.

      Bud Spencer, jefe y maestro de cocina, me recibía con un espléndido tomate. Sin duda una señal de gloria. Me disponía a darle un bocado, pues mi desayuno había sido especialmente frugal, cuando me sugirió: "Córtalo en rodajas finas". Cogí el cuchillo y la hortaliza en cuestión; traté de hacer gala del más sofisticado corte en rebanadas, con poco éxito. La tabla de cortar, inundada en jugo de tomate, albergaba una serie lonchas desiguales y mayoriatiamente amorfas. La cruenta carnicería vegetal impresionó, sin duda, a Bud, que al parecer temió por mi salud. Limpié todo y puse aquella versión descompuesta de tomate en un recipiente. "¡Listo!", sonreí con cara de aprendiz voluntarioso. La diplomacia parecía ser una de las virtudes del cocinero: "Muy limpio, eso es importante. Pero para cortar, debes recoger los dedos así."  Agarró otro tomate y en cuestión de un segundo pasé a ver una serie de rebanadas perfectas sobre la tabla, que había cortado plegando los dedos sobre el tomate. "Es esencial que no te lleves un dedo entre las lonchas."

     Traté de retorcer los dedos de artrósica manera todo lo que pude sobre el cuarto de lechuga que me dió después para que cortara en juliana. No sé qué les había ocurrido a los cocineros del mundo con la juliana. Durante años había cortado lechugas con la mano y el sabor no variaba en absoluto. En fin, había que claudicar, así que volví a mi ya famosa juliana fantasía, que desparramé por toda la partida lo mejor que pude. Cuanto más hubiera fuera de la tabla, mejor. ¿No se trataba de eso?. Los dedos me dolían de forma espectacular.

     Luego, para mi sorpresa, pasamos a un interesante apartado. Aprendí a hacer sanjacobos, esos elaborados filetes de jamón cocido rellenos de queso y empanados. Todo un bocado de gourmet, que para mí supuso todo un desengaño, sin embargo. Acudía a aquel lugar con la idea de que la cocina era una profesión artística e inspiradora, pero aquello era la versión gastronómica de la cadena fordiana. Montones de lonchas de jamón, montones de lonchas de queso, una enorme  batea de pan rallado y un cubo de huevo batido. Había que armar el sanjacobo, sumergirlo en el huevo, enterrarlo en el pan rallado y apretarlo bien para que quedara unido. Y después otro. Y luego otro. Y otro...

     Dado lo repetitivo y aburrido hasta el extremo de la tarea, comencé a experimentar con aquellos cuadrados perfectos de jamón y queso, creando nuevas y extraordinarias formas que sin duda sorprenderían al público; piezas extremadamente prensadas, más finas, más anchas, más informes y decoradas con grumos de pan rallado y huevo por doquier. Bud Spencer podía estar contento conmigo.

      Llegó la hora del servicio de comidas. Una camarera rechoncha y con gafas, vestida de soldado del Séptimo de Caballería, como era de rigor en aquel lugar de distinción, aparecía de vez en cuando por la puerta de la cocina a cantar las comandas con voz de pito. Bud Spencer y Terence Hill corrían de un lado para otro haciendo yo no sé qué cosas.  No entendía por qué se estresaban; yo continué dando rienda suelta a mi arte culinario frente a la bandeja de sanjacobos durante toda la jornada.

     Durante los días siguientes tuve la oportunidad de aprender numerosas variantes de la cocina en cadena y de introducir mis propios estilos, como todo buen chef que se precie. Así, transformé los aros de cebolla en modernas y gruesas pulseras fritas, los rollitos de queso en flamenquines modelo manillar ergonómico y las hamburguesas en sofisticados filetes planisferio.

     El viernes ya dominaba a la perfección todos los entresijos de la cocina creativa. Sólo quedaba pasar la prueba de fuego: tendría que hacer frente a los hambrientos comensales del domingo, que se multiplicaban por siete con respecto a los días de entresemana. Eso sería un paseo, puesto que, una vez que había conseguido variar todo el menú del Fort Apache, sabía que aquel restaurante ya no sería lo mismo sin mí.

* * *

     Ya lo sabes, tu creatividad puede abrirte definitivamente las puertas de una cocina profesional, ¿verdad?. En fin, disfruta de tu fin de semana y come lo mejor que puedas.

Buen provecho.

CRÓNICAS DEL CHEF ERRANTE: LA CARNE EN EL ASADOR

CRÓNICAS DEL CHEF ERRANTE: LA CARNE EN EL ASADOR

     A las buenas. Aquí tienes de nuevo al Chef Errante, dispuesto a aderezar tus viernes una vez más.Con los cuchillos afilados, el delantal radiante, el fuego a punto y la sartén por el mango, tengo que agradecer tu visita infalible a la cita que tenemos semanalmente. Antes de comenzar con la nueva receta que hoy triago preparada, quisiera transmitir, ya que se me brinda la oportunidad, la satisfacción que me aportan algunos de los comentarios recibidos a raíz de mi receta de la semana pasada. Gozo más que con un puchero calentito al saber que en algún caso ha suscitado una hilaridad limpia y eficiente como una hornilla nueva. Sin embargo he de decir también que, con respecto a algunas bromas menos sabrosas, no pienso hacer caso a los piques. Sencillamente, considero que no es un dato relevante la apetencia sexual de un cocinero profesional, así que no pienso hacer declaraciones sobre este punto. De hecho, para que puedas disfrutar de mis recetas de vida, no necesitas saber si el Chef Errante es gay o no. Pero no te preocupes si sientes una alusión directa con lo que acabo de comunicar. Para que veas que no me enfado, también a tí te dedico esta suculenta receta. ¡Eah! Pasemos un trapo por la encimera y a cocinar se ha dicho.

     La semana pasada partimos de una base fundamental para el ámbito culinario: aprendiste cómo no entrar en una cocina. Lección práctica, útil y sin duda más aprovechable que un cochino ibérico. Pero sin duda no puedes quedarte sólo con esa enseñanza, al menos si pretendes realmente llegar a chef algún día. Por eso es que hoy, revisando entre mis viejos libros de recetas, he pensado que lo más indicado es mostrarte otra de las formas posibles de intentar acceder al puesto de trabajo de técnico en platos, ollas e ingredientes. Espero que el resultado sea apetecible.

Receta del día:

Pase sin llamar.

     Después de mi último intento frustrado entre las cacerolas del Emperador Trajano, decidí un  cambio de rumbo en mi dura y desabrida existencia. A partir de entonces me dediqué a buscar trabajos normales de persona normal, como ofrecer radios y lamparitas a la gente que pasaba por la calle. Dedicado de lleno a mi carrera de vendedor ambulante,  confiné mi vocación gastronómica a la siempre mugrienta cocina de mi piso de alquiler de la Alameda. 

     Allí comencé a experimentar con rigor científico mezclando todos los víveres que podía conseguir. Incluso, para obtener una visión objetiva de mis resultados, invitaba repetidas veces a comer a diferentes amistades que, con gusto, se prestaban a la prueba. Según pasaban los meses iba percatándome de mi evolución en la materia: las sonrisas de los comensales y sus exclamaciones del tipo "¡mmm!, ¡qué bueno!" se acercaban cada vez más a la sinceridad total.

     Bien, pasaron los años y el destino, rueda imparable, me llevó por distintas viviendas, ciudades, puestos de trabajo y amistades. Un profundo párrafo con el que lo único que pretendo es saltarme todo lo que no interesa hasta que llegamos al meollo de la cuestión. De nuevo en Sevilla, un gélido mes de noviembre, me encontraba quemado como una patata olvidada en el horno. Mi empleo como comercial de calefacciones e instalaciones de gas natural no era del todo realizante, especialmente durante el recién pasado verano. ¿Quién piensa, en Sevilla, en pleno agosto, si es que no ha podido huir hacia la costa, en instalar una calefacción?

     Pues resulta que una amiga de la novia de un amigo trabajaba en la barra de un curioso restaurante donde les hacía falta un cocinero. Cuando la novia de mi amigo me lo hizo saber, vi ante mí una nueva oportunidad de fama y gloria. No dudé en tomar un autobús hacia la otra punta de la ciudad para aparecer aquel viernes por la noche en el Fort Apache, pues si de algo está llena mi gran cabeza es de empeño y, créeme, cabe mucho.

     Un pub lleno de humo y gente con la cabeza llena de humo fue lo primero que encontré al atravesar la puerta del Fort Apache. La decoración hacía honor al nombre del lugar, todo revestido de madera, con fotografías de indios en las paredes y alguna mollera de búfalo disecada. Curiosa variante western de los típicos bares cañís, con carteles de la fiesta nacional y cabezas de toro amenazando con caer de la pared y clavar un cuerno en el ojo de algún borracho. También las bebidas y el público eran, consecuentemente, variantes. Al tintorro lo sustituían enormes balones de güisqui, y a los paisanos jugadores de dominó, camperos venidos a más: con sus abrigos Husky, sus pantalones de pana y su pelo engominado como para provocar que el cuerno del búfalo rebotara en caso de accidente. "¿Dónde está aquí el restaurante?" fue lo primero que pude pensar en cuanto el humo me dejó ver algo. Tras la barra se veía a la camarera amiga saludando con la mano. "Ahora aviso al encargado", creí entenderle entre el murmullo constante y la música de moda de Operación Triunfo.

     Al cabo de unos segundos aparecía desde una puerta misteriosa que había al fondo un individuo largo como un día sin pan, flaco como si se hubiera pasado un mes sin pan y encorvado como si anduviera buscando migas de pan por el suelo. Era P..., el encargado, que no estaba vestido de boy scout, como creí en un principio, sino de soldado del Séptimo de Caballería. Es por ello que lo llamaré John Wayne, para no romper el encanto del lugar.

     Tras el protocolo del saludo, John Wayne introdujo la conversación, como para llevar las riendas del asunto: "Me ha dicho tu amiga la camarera que eres cocinero..." ¿Qué responder en esa situación? ¿Podría pasar esta vez por un chef experto? Tomando en consideración el contexto general, probablemente. Parecía un lugar de locos, aquél. Sin embargo, ¿podía permitirme correr el riesgo? Desde luego, no tenía experiencia en cocina, pero sí como fracasado, con lo cual no tenía nada que perder; puse, pues, toda la carne en el asador: "Mira, John, nunca he trabajado en una cocina, la verdad, pero sí en hostelería. He sido camarero en Castellón y, bueno, allí ví la cocina de cerca"-omití la parte en la que robaba bollos, me pareció poco cortés-"y además, en casa el que cocina soy yo. Vosotros necesitais un cocinero urgentemente, y yo aprendo deprisa. Hacedme una prueba y si no os gusto, me voy sin problema."

     ¿Has visto alguna vez cómo se le salen a una persona los ojos de las órbitas, la mandíbula se le cae al suelo y su cara se tiñe de cuadros escoceses? Yo tampoco, pero en esta ocasión me faltó un cuarto de hora. John Wayne estaba más confuso que el paradero de Bin Laden, pero como buen cowboy tenía que tomar una decisión rápida. "Voy a hablar con el jefe de cocina. Ven conmigo."

     Resultaba curioso, la densidad del humo parecía mucho mayor alrededor de John Wayne que en el resto del pub mientras le seguía. Atravesamos la misteriosa puerta y, tras cruzar un pasillo, dimos a parar a un enorme comedor lleno de vitrinas con trajes de indios americanos, arcos, flechas, sombreros de vaquero, revólveres y demás objetos de colección. Parejas y grandes grupos salpicaban el local degustando sus menús, aunque no les presté mucha atención, la verdad. Cuando llegamos a la cocina, enorme y de una blancura cegadora, me costaba trabajo distinguir si lo que tenía John en la garganta era la nuez o alguna otra parte de su anatomía que se había movido de su  lugar. Abordó entonces al jefe de cocina. Yo estaba un poco retirado, de modo que no podía oir lo que hablaban, pero el rostro del cocinero se volvía como de piedra poco a poco. Al cabo asintió inclinando la cabeza.

     John respiró aliviado y me indicó que me acercara: iba a presentarme oficialmente en la cocina. El jefe era bajo y rechoncho, y su compañero alto y delgado, de modo que los llamaré a partir de ahora Bud Spencer y Terence Hill, sin más explicaciones.  "Bueno -argumentaba John Wayne- este chaval viene a trabajar con muchas ganas, así que vamos a hacerle una prueba de una semana, para que aprenda, ¿no?."  Su sonrisa bien podía haberle roto las orejas. Bud Spencer, rostro de piedra, lo secundó dirigiéndose a mí: "Bien, vente el lunes, y te quedas la semana entera. Si te desenvuelves bien, te aceptamos."  Terence Hill se presentó de forma escueta: "Hola, me llamo Terence y soy maricón."

     Aún hoy no encuentro la causa de la relación, pero en la gran mayoría de las cocinas hay un cocinero gay. Es uno de los grandes misterios que rodea al enigmático mundo culinario. Pero no es esa la cuestión. ¡El tema es que me habían concedido la dichosa prueba!

     No lo podía creer, aunque los motivos estaban claros: en una cocina donde el personal habitual son tres cocineros, se les había marchado una de repente, de forma que niguno de los otros dos podía descansar el día y medio estipulado por semana. Iban a aprovechar la situación porque no tenían nada mejor (la picaresca en Sevilla se remonta a los tiempos de Cortadillo y Rinconete). Después... Alá proveerá.

     En fin, no importaba. Aunque fuera por las circunstancias, por fin tenía mi oportunidad. Quería ser cocinero y al cabo parecía que lo había conseguido, ¿o no?.

* * *

     Bien, ya tengo que ir recogiendo los cacharros, pero volveré la próxima semana con una nueva receta para deleite de quien visite al Chef Errante. Espero que la semana no se te haga muy larga.

Buen provecho.

CRÓNICAS DEL CHEF ERRANTE: RECETAS DE VIDA

CRÓNICAS DEL CHEF ERRANTE: RECETAS DE VIDA

     A las buenas. A las duras. A las maduras. Hay que estar a todas (sobre todo a las que se dejan). Es por ello que no puedo faltar a esta, mi primera cita contigo, que visitas al Chef Errante y amas la buena mesa y el buen yantar.

     Hoy te traigo una receta espectacular, con ingredientes seleccionados entre los mejores que encontré en mi particular despensa . ¿Hay apetito?, pues prepárate algo de comer, porque las recetas del Chef Errante, si bien no llenan el estómago, sirven para hacerte mejor persona. Así es, pues son recetas de vida, especialmente útiles si te interesa el mundo de la cocina profesional y quieres adentrarte en sus misterios. Aunque si ya eres del gremio, igual te servirán para mejorar tu grado de experiencia. Una vez tengas listo tu aperitivo, siéntate a devorarlo placenteramente y lee, que es bueno contra el Alzheimer.

Receta del día:

Cómo no entrar en una cocina.

     Uno de los primeros pasos que has de seguir si quieres pasar a formar parte de la gran familia de una cocina profesional es, como en cualquier ámbito laboral, la protocolaria y selectiva entrevista de trabajo. Puedo aportar varias formas de preparar esta receta, de cómo hacer frente a esta primera barrera que uno puede saltar con relativa facilidad. Para no resultar cansino, hoy explicaré una variante nuy sencilla: tan sólo hay que ser cauteloso y NO repetir bajo ningún concepto los pasos que se siguen en el siguiente ejemplo práctico.

     La primera cocina de la que quise formar parte era la de un estupendo restaurante de moda que podemos encontrar en Sevilla, marco incomparable de la Expo'92 y la boda de la Infanta, a la que Dios tenga en su perdón. Acababa de llegar a la ciudad para quedarme, con unas diez mil pesetas de las de entonces que no me daban ni para pagar el alquiler de mi habitación. Me urgía un trabajo como el comer, estaba claro. Pero pongamos las cosas en su lugar: lo primero que hay que hacer cuando uno llega a un sitio es celebrar que llegó, y saludar al personal. De esta forma, la concatenación de hechos me sorprendió tomando una cerveza en la calle Trajano, con mis amigos sevillanos y no sevillanos residentes en Sevilla.

     Nos deleitábamos con las traviesas patatas bravas y las elegantes patatas al roquefort del chic restaurante  Emperador Trajano , complemento ideal para nuestros refrigerios  de cebada, mientras la conversación alcanzaba la ebullición con el tópico "situaciones personales". Llegado mi turno  manifesté mi imperiosa necesidad de doblar la espalda, a lo que las voces solidarias acudieron como moscas a un pastel. La más sensata y mejor informada de esas voces me puso en conocimiento de que hacían falta camareros en aquel local. Tan pronto llegaba el mozo con las bebidas que faltaban, pregunté cortésmente. La respuesta fue como si tras ponerme la miel en los labios se llevaran el frasco: las plazas estaban cubiertas. "Sigue buscando", que dice en las tapas de los yogurts.

     Sin embargo, pocos minutos después el destino me mostraba de nuevo la manzana de la tentación. Aparece el mismo camarero:"Disculpa, he preguntado en cocina y hace falta un cocinero. ¿Tú tienes experiencia en cocina?".  Había que hincar el diente a aquella oportunidad servida en bandeja . Y al parecer todos mis amigos lo sabían, porque el "siiiií" de respuesta fue unánime. Para ponerle la guinda a la tarta añadí: "Trabajé en el restaurante de un hotel en Castellón", con una graaan sonrisa. De hecho, aquel colofón era totalmente cierto; durante un par de meses mi vida había transcurrido en torno al Gran Hotel La Fuente, en Alcossebre, Castellón. Sólo que, detalle sin importancia, como camarero,    y no había pisado la cocina para otra cosa que no fuera llevar los platos o robar algún bollo. 

     La cuestión es que el chico me pidió que bajara con él a la cocina, donde el jefe de aquel laboratorio gastronómico, mandil y pantalón de cuadros en ristre, me citó para el día siguiente a las doce del mediodía.

     Tras el poco sueño, pensando en cómo pelaría aquella cebolla sin llorar, allí me presenté puntual luciendo mi mejor cara de pocker. La cocina era pequeña como para una sola persona, y en ella se acumulaban desordenadamente ollas, sartenes, bolsas enormes de patatas cortadas, lechugas y cuchillos por doquier. El boss, de cuyo nombre no quiero acordarme, era un tipo bajito (más que yo), de complexión fuerte (no sé de dónde sacaba el tiempo libre, pero parecía que rendía culto al cuerpo en el gimnasio), calvo y con una tupida barba negra como el hollín. Parecía que no le había caído bien del todo, pues no sonreía ni por despiste. ¿Acaso no habría salteado bien la ronda de preguntas que me tenía preparada como entrante?

     Puede que los nervios se reflejaran en mi rostro mientras contaba todo lo que hacía en la cocina de aquel hotel. Trataba no dejar por el camino ninguna de las tareas que había visto hacer a los más inútiles de Las Fuentes, pues tampoco quería parecer un chef experimentado. Eso sería ya difícil de digerir.

     En fin, tras aquella conversación rompedora de hielo el minichef pasó a enseñarme dónde estaban las cosas, alternando con breves indicaciones de los platos que se servían allí. Yo asentía de la forma más convincente que supe, y de vez en cuando hacía alguna pregunta estúpida del tipo "Ah, pero... ¿aquí pochais las patatas antes de freirlas?". No sé si fue a raiz de aquello, pero el minichef no paraba de repetirme que necesitaban un cocinero experimentado que fuera capaz de quedarse solo durante todo un turno.

     Esquivé aquellas indirectas como si tuviera escamas en vez de piel, pero llegó como detalle de la casa, es decir, por sorpresa, la primera pregunta técnica. Supongo que el minichef nunca había oído una receta tan original para la salsa bechamel. Pero cuando fui consciente del calor que llega a hacer en una cocina fue cuando me dió el cuchillo y media lechuga, pidiéndome que la cortara en juliana. "¿La juliana no era una sopa de sobre?" pensé en aquel momento. Seguro que aquella idea se me escapó en uno de los goterones de sudor y el minichef la vio, de lo contrartio no me habría apremiado con la mirada. Además, creo que mi juliana fantasía no terminó de convencerle.

     De hecho, como quien no quiere la cosa me hizo una sutil pregunta: "Oye, ¿tú entiendes?".  "¿De cocina?",  respondí ingenuamente. "No, verás, es que todo el personal aquí es gay." En esto, como para ratificar su afirmación, aparece otro camarero y me agarra el culo. "Ah, bueno, no, pero no tengo problema con eso. Tengo muchos amigos gay." Me aferraba a mi puesto de trabajo como el arroz se pega al fondo de una olla vieja. Ni la espátula más grande de la cocina podía sacarme de allí.

     De últimas, paciente y sereno, el minichef me pidió el teléfono y me dijo que podía marcharme, que la prueba había terminado y que ya me llamaría.

     Saboreé aquel amargo bocado lo mejor que pude y salí cabizbajo de aquel antro al que después no he vuelto ni para comprar tabaco. No entré con buen pie en el mundo culinario, a pesar de mi maestría para freir huevos y preparar macarrones con tomate y atún de lata. En fin, una vez más se ponía de manifiesto la incomprensión del arte, ¿qué le vamos a hacer?.

     Pues ya sabes, si tomas a bien estos consejos, seguro que terminas siendo una eminencia en la cocina. ¡Nos vemos la semana que viene!

Buen provecho.

DE SARTENES Y BIGOTES

DE SARTENES Y BIGOTES

     Hace pocos días aparecía en TRIANA CITY, blog de moda ya de sobra conocido por tí, que visitas al Andaluz Errante (encantado de verte), un artículo del prolífico autor Memolamipelo (últimamente de boda en boda) titulado CHEF TONI: UNA HISTORIA DE MISTERIO en el que se hacen diversas conjeturas acerca de la profesión real del ya famoso cocinero mediático que nos ha sorprendido con sus prácticas sartenes de dos caras, cuchillos de corte arrolador y precisión milimétrica, y demás artilugios que es aconsejable comprar porque tienen un precio especial y te regalan un estupendo tirachinas desmontable o un señor bajito que te abre la puerta de la cocina cuando vas cargado de platos al salón (sólo si eres de los cincuenta primeros en llamar).

     El artículo en cuestión me lleva a la reflexión en varias direcciones, no creas que es banal. En primer lugar deja patentes en mí inquietudes de índole trascendental tras su lectura: ¿qué mortal llama realmente a estas líneas de venta?,¿existe alguien al otro lado del teléfono que aparece en pantalla?; de ser así, ¿se puede demostrar que tu llamada no es la número cincuenta y uno?. Y lo más desconcertante: ¿han alcanzado la felicidad los integrantes del espacio televisivo al adquirir el producto en cuestión, como parece ser?.

     Eso por un lado; por otro, ciñendonos al planteamiento sobre las posibles profesiones reales del chef, está claro que para romper la baraja hace falta la opinión de un profesional de la cocina, como lo fue en un tiempo el Andaluz Errante. Pues bien, admito que su habilidad para cortar con los cuchillos mágicos es sorprendente, ya que conserva todos sus dedos después del rodaje del anuncio (sin duda, es mucho si se tiene en cuenta el poder tajante de estas armas blancas que se venden sin licencia). También hay que tener en cuenta sus respetables dimensiones, probablemente adquiridas a fuerza de probar y probar los platos que se elaboran en el corazón de los restaurantes, sacrificio empírico que refleja el amor por el oficio que parece desempeñar. Es sospechoso, sin duda, ese fino bigote que se deja crecer como un sutil indicio de su pretendido origen italiano experto en pastas aldentes y esponjosas pizzas.

     La verdad es que, tras darle un par de vueltas, se me hace difícil llegar a una conclusión clarividente, a pesar de mis más de siete meses de experiencia en cocina. Su preparación puede ser fruto de un entrenamiento intensivo con objetivos meramente cinematográficos. Hoy día  un curso de corte CCC está al alcance de cualquiera, y para adquirir su plante puede haber seguido un tratamiento de rigor similar al que llevan los honorables luchadores de sumo (devoran una barrita hipercalórica cada pocos minutos para mantener su peso), aunque bien pensado no es difícil encontrar un individuo que dé la talla  en Estados Unidos, país de origen de la televenta y líder mundial en colesterol.

     Habría que tener en cuenta un par de datos que se me escapan para poder dar una respuesta firme con respecto al tema. ¿Sabrá el Chef Toni que el 98% de los cocineros están locos?, ¿estará loco el también? ¿Sabrá también que en tres de cada cuatro restaurantes hay, al menos, un cocinero gay?. Son hechos que pude comprobar en mis andanzas por las cocinas del Google Earth, y que si el Chef Toni domina, indudablente sería un auténtico cocinero.

***

     Por otra parte, estas tribulaciones mentales me han llevado a observar lo curioso y rico en excentricidades que es el mundo de la cocina profesional. Hay tanto que decir sobre él que hoy nace en Doblando el Mapa una nueva sección. Todos los viernes hasta nuevo aviso podrás disfrutar de artículos referentes al entorno culinario en Crónicas del Chef Errante, donde quien te escribe se transforma en otro ser diferente al que es de sábados a jueves y además te lo cuenta.

     Esto lo hago pensando en tí, porque te gusta la cocina, y si no, te gusta comer, o al menos no te molesta demasiado, de lo contrario, no podrías estar leyendo este blog.

Buen provecho.

     P.D.- Aprovecho la ocasión para saludar una vez más a los próceres de TRIANA CITY, sin los cuales el Google Earth ya no sería el mismo.