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Doblando el Mapa

TONTO EL ÚLTIMO

TONTO EL ÚLTIMO

     ¡No te equivoques, visitante de Doblando el Mapa! La foto que ilustra el artículo de hoy no es un gráfico acerca de la distribución de los recursos en el Google Earth. Es muy comprensible que hayas llegado a esa conclusión, dado que:

  • Queda muy poco pastel.
  • Hay muchas manos para repartir lo poco que queda de pastel.
  • La mayor parte del pastel se encuentra en el norte.
  • La parte del pastel que había en el sur está casi agotada.    
  • Las manos del sur tienen muchas menos probabilidades de pillar algo de pastel que las que se encuentran en el norte.
  • En cuanto la mano más avispada del norte pille lo que queda, al carajo el pastel.

         Lo que hoy quiero contarte es mucho más banal. Se trata ni más ni menos que de una deuda acumulada contigo, fiel visitante de Doblando el Mapa. Es la crónica de cierta fiesta que impidió al Andaluz Errante acudir al estreno de la película X Men III (¿recuerdas?). Por cierto, el tiempo y el destino me llevaron en una ocasión posterior de cabeza al cine para tratar de disfrutar el film en cuestión. Prefiero no hablar sobre aquello, pues mis palabras de peso podrían acabar con Hollywood, y no es plan de dejar a los chavales sin trabajo.

     Lo que nos importa es que aquel viernes en concreto estaba dispuesto a ir al cine, pero tras salir del trabajo, ansiado momento, un personaje al que ya conoces de sobra, El Hombre de Rota, esgrimió sus dotes de convicción contra mí. Acto vil que me condujo al fondo del bar que teníamos al lado de la empresa. Sí, El Hombre de Rota aún trabajaba conmigo, codo con codo, tratando de encasquetar tarjetas de crédito a mortales a los que ni siquiera conocíamos a través del globalizador hilo telefónico.

     Fue una ocasión extraordinaria que reunió de nuevo a muchos de los personajes habituales de Doblando el Mapa. De bar en bar nos encontramos con La Argentina Aflamencada, La Experta en Mexicanismo y El Espermatozoide Brioso, entre otros.

     No sé por qué regla de tres siempre que se da determinada combianción de seres humanos, los planetas se alinean para que el grupo en cuestión acabe realizando la misma acción. Acabamos cenando en un restaurante mexicano que queda cerca de mi casa. Es curioso, porque a raíz de pasados acontecimientos, cada vez que caminaba cerca de  aquel lugar, sitio de paso obligado para llegar a mi trabajo todos los días , se me eriza el lomo como a los gatos. ¿Tendrá también la culpa el pimiento picante aquel que desestabilizó la química de mi organismo en la última fiesta mexicana?

     El caso es que, rodeado de quesadillas y nachos, tuve especial precaución en no probar nada que tuviese color verde. Parece que resultó, pues pude disfrutar en todo momento de agradables conversaciones con los concurrentes y mi estado de salud pudo calificarse de férreo.

     Varias Coronitas después, fuimos en dos grupos hasta un lugar singular. Tuvimos la oportunidad de conocer el hogar de La Experta en Mexicanismo y El Espermatozoide Brioso, personajes clave en el entorno actual de El Andaluz Errante.

     Allí hicimos saqueo masivo de cervezas y pipas de girasol hasta altas horas de la madrugada. El Espermatozoide Brioso nos enseñaba con orgullo fotos de otros tiempos en los que lucía una espectacular melena rizada a lo Camarón de la Isla, mientras La Experta en Mexicanismo ejercía de anfitriona mostrándonos la casa y amenizando el momento con su conversación.

     He de hacer aquí un breve inciso para agradecer a La Experta en Mexicanismo, compañera de fatigas laborales, su fidelidad al blog que ahora lees. Me consta que no sólo visita este sitio asiduamente, sino que además lo recomienda allí donde va. Desde luego, es un placer contar con gente así en el Google Earth.

     Contiunando con la improvisada reunión, sin duda todos fuimos testigos de un acontecimiento singular: La Argentina Aflamencada, constante en su empeño por enriquecerse con las costumbres culturales andaluzas, aprendió a comer pipas de girasol.

     Efectivamente, en Argentina no existe dicha costumbre, hehco que durante mi estancia de dos meses en Buenos Aires no me llamó especialmente la atención. El Andaluz Errante nunca imaginó que algo que tenía tan asumido desde su más tierna infancia llegara a ser objeto de una lección por pasos. Por supuesto, todos los concurrentes mostraban interés y añadían variantes propias al método básico. Cualquier actividad humana puede llegar a convertirse en un arte; me quedó claro que pelar pipas ya lo es.

     Pero sin duda, el momento álgido de la fiesta fue cuando, después de exprimir los botellines de quinto y acabar con la bolsa gigante de frutos secos, el hambre comenzaba a hacer estragos entre los presentes. La Experta en Mexicanismo, atenta como ninguna, se prestó a poner en común algo más de media tarta que le había sobrado del cumpleaños de su hijo.  Creo que la tarta era preciosa, aunque no puda verla bien, la verdad.

     ¿Cuánto tiempo puede tardar una persona en ir hasta la cocina de vuelta a por tenedores y platos, teniendo en cuenta que sus capacidades motrices se encuentran al cien por cien y conoce de sobra los lugares donde encontrar los objetos que busca? ¿Veinte segundos, quizá? La vida del pastel no fue tan larga. En ese lapso, las ávidas manos de La Argentina Aflamencada, El Hombre de Rota, el propio Andaluz Errante, y otros personajes como La Canariona se lanzaron contra él como si fuera lo último que iban a comer en un mes. 

     De hecho, La Experta en Mexicanismo y El Espermatozoide Brioso llegaron justo a tiempo para poder añadir sus manos a la lluvia de dedos que se muestra en la foto y al menos probar algo de la excelente obra de repostería.

     Con el estómago lleno, algunos por los pelos, abandonamos el lugar, dejando en paz a los anfitriones, sus hijos y sus gatos, contentos y con ánimo como para continuar la fiesta en algún otro lugar. 

     En fin, sirva este artículo como llamada de atención a quienes habiten el Google Earth, pues parece ser que hay que estar alertas en todo momento si se quiere salir adelante. A pesar de que las condiciones hayan mejorado notablemente para muchos de nosotros desde la edad de piedra, está claro que aquí sigue sobreviviendo el más fuerte, o al menos el más rápido.

Saludos errantes.

La Pulguita sigue sin nombre

     Una breve nota para señalar que aún La Argentina Aflamencada  y El Andaluz Errante buscan nombre para su mascota. Si quieres añadir tu propuesta, pincha aquí. Gracias. 

PULGUITA SIN NOMBRE

PULGUITA SIN NOMBRE

     Doblando el Mapa, tu blog favorito, cuenta ahora con un personaje más. Pues sí, ya que El Andaluz Errante y La Argentina Aflamencada han visto aumentado el número de miembros de su feliz familia. ¡Nooo! No se trata de un hijo aún, toquemos madera. El pasado domingo se unió a nosotros una pequeña gatita chiclanera, es decir, natural de Chiclana. Esta traviesa cuadrúpeda peluda se dejará caer por el blog de vez en cuando, pues ya ha dado muestras de su aficción por la escritura. A partir de ahora, si encuentras una falta de ortografía y/o un error tipográfico en cualquier artículo, achácalo sin duda a la intromisión de la patita de la felina compañera de redacción.

     El caso es que la gata venía con nombre puesto, pero ahora que cambia de familia, pensamos que no le vendría mal un nuevo nombre (quizá algo más apropiado que el actual Mini, que se le quedaría pequeño en cuanto creciera).

     Pues bien, ya que te empapas con frecuencia de la lectura de Doblando el Mapa, es posible que te haga ilusión proponer un nombre para darle a nuestra nueva amiga. ¿Se te ocurre algo?

     Te agradeceré profundamente que te tomes un par de minutos en exprimir tu cerebro y sugerir qué sustantivo propio podría llevar esta pulguita que tienes en la foto en el registro civil. Para ello sólo tienes que agregar tu propuesta a un comentario del artículo. Es fácil: pones tu nombre en clave, tu email ( no será mostrado) y tu comentario, en el que tienes plena libetad de expresión. Luego lo publicas y, ¡voilá! Puede que tu nombre sea el que acabe llevando la gata.

     ¿Divertido, verdad? El nombre será elegido de entre las candidaturas en consenso entre El Andaluz Errante y La Argentina Aflamencada. Si no podemos llegar a un acuerdo, la propia pulguilla pondrá buen fin al asunto señalando con sus garritas en la pantalla sobre el nombre que más le guste.

     ¡Anímate! Tu apoyo es importante. Pronto sabrás el resultado a través de un nuevo artículo. Salud y gracias.

Saludos errantes.

Marramiauuuu.

GOLES SON AMORES

GOLES SON AMORES

     A pesar de no ser un amante del fútbol, ya lo sabes, visitante de Doblando el Mapa, la verdad es que El Andaluz Errante no deja de alucinar con toda la ceremonia que rodea al gran evento que tiene al Google Earth conmocionado. Sí, pues durante el Mundial tienen lugar acontecimientos que realmente revolucionan el sistema: los patrones y los obreros, enemigos por antonomasia, rompen sus barreras más antiguas y celebran juntos los goles de la selección de su país. El deporte rey, tradicionalmente una fuerte seña de identidad del machismo exacerbado, hace de las féminas adalides de la patria durante el Mundial. Es digno de ver cómo todas alientan al equipo nacional como si es fuera la vida en ello.

     He llegado a ver incluso a policías e indigentes unidos en la espectación durante aquel partido España-Túnez, donde el dueño del bar más cercano a mi centro de trabajo blandía su enorme bombo y su bocina de hinchada, a la manera del hombre-institución que ilustra el articulo de hoy. Nunca he tomado un café con mayor irritación que tras el gol marcado por la selección patria, rodeado de malos y de buenos (cada cual lo interprete a su manera) y con la bocina invadiendo los tímpanos del personal. Sin duda hubieran sido los mejores noventa minutos para robar cualquier cosa en todo el país: policía local y nacional en pleno  vigilando el bar por si la aficción se desbordaba . Si no fuera porque hasta los ladrones estaban pegados a sus televisores...

     En definitiva, todos los habitantes de España se entregan sin medida en señal de apoyo al equipo que (¿)nos(?) representa en el Mundial de Alemania. O eso parece...

     Una prestigiosa cadena de hipermercados incluso ofrece compras gratis si España gana el Mundial. Todos los días, a la vuelta de la fatigosa jornada laboral, me encuentro con este cartel publicitario que hoy te traigo. Gobernado por el entrañable Manolo el del Bombo, de profesión animador de la selección (¿habrá vacantes para tamaño puesto de trabajo?, parece prometedor...). En él la marca del sector compre usted con prestigio en una empresa de España, hace alarde de sumo derroche en pro de la victoria de los once españolitos. Puede considerarse, sin duda, un enorme gesto de adhesión y aliento. Sin embargo, si tenemos en cuenta la trayectoria de la selección nacional durante los anteriores mundiales, suena a oferta de poco riesgo. Pero aún así, por si sucediera lo imprevisto, tienen su propia forma de cubrirse las espaldas. Para que tu compra sea gratis, debes hacerla antes del veintinueve de junio, mucho antes de que el Mundial toque a su fin. De esta forma, sentirás el riesgo que implica el evento en sí. La emoción está servida al comprar una lavadora. ¿No estarán buscando que los paisanos se hagan con nuevos televisores de plasma para ver los partidos de lujo y nuevas neveras donde almacenar la reserva de cervezas y aceitunas necesarias para el visionado de los encuentros?. ¡Viva España!, ¡Aupa el departamento de facturación!.

     Ante semajante promoción de pacotilla, sólo puedo desear con todas mis fuerzas que la Selección Española triunfe en el próximo encuentro, y en el siguiente, y en el siguiente, y así hasta convertirse en campeones. De esta forma, podré si no ver, al menos intuir la cara que se les va a quedar a los directivos de la cadena comercial. ¡Hala, a regalar se ha dicho!

     Y si la memoria da para tanto, dentro de cuatro años podremos comprobar si tienen el valor suficiente de repetir la oferta.

Saludos errantes. 

CRÓNICAS DEL CHEF ERRANTE: CERRADO POR SOBREMESA

CRÓNICAS DEL CHEF ERRANTE: CERRADO POR SOBREMESA

     Hoy el Chef Errante se nos ha ido de vacaciones, con lo que no nos dejará su estupenda receta de cada viernes. El pobre también tiene derecho. Pero no te preocupes, España juega en el Munidal. Ya se sabe que las penas con fútbol son menos (¿sí?). 

     Pronto lo tendremos de vuelta por aquí. Nos ha enviado una foto para que sepamos que está bien. No te aflijas, visitante de Doblando el Mapa, más bien disfruta del fin de semana.

Saludos errantes.

BREVES DE ÚLTIMA HORA

BREVES DE ÚLTIMA HORA

     El Andaluz Errante, reportero no profesional de categoría media, ha podido recopilar las noticias más destacadas que se han generado a raiz de los artículos que puedes leer en Doblando el Mapa, este humilde blog. En mi incesante lucha por que la verdad salga a la luz, las pongo en conocimiento de tu persona, visitante amigable. No olvides que la información es la herramienta que nos llevará a la victoria.

EL HOMBRE DE ROTA RECUPERADO.- Las últimas indagaciones acerca del extraño caso del Hombre de Rota indican que tras comprobar el carácter sectario de la organización a la que peretenecía, ha sido capaz de abandonarla y convertirse de vuelta en el cordial tipo que solía ser. Una vez pasado el presunto día del Apocalipsis sin el resultado esperado, los ojos de nuestro amigo se llenaron de luz. A pesar de no mejorar su miopía, vuelve a las relaciones sociales. Los últimos datos indican que anda buscando un nuevo empleo, noticia óptima sin duda, en torno a la rehumanización del individuo en cuestión, ya que el trabajo dignifica a la persona (¿no?). Chicas del Google Earth, sigo disponiendo de su teléfono y dirección de correo electrónico para vuestro interés. Al parecer, El Hombre de Rota conserva todas o la mayoría de sus piezas dentales y vuelve a caer en los vicios mundanos: una de sus últimas imágenes nos lo muestra apurando una colilla hasta la marca del cigarrillo.

LA PATRULLA JEREZ, OFENDIDA EN EXTREMO.- Tras las declaraciones de una visitante asidua de Doblando el Mapa, que sitúan a la superheróica Patrulla Jerez al servicio de Kany Alatriste y demás adalides del blog de moda TRIANA CITY. Los miembros de la patrulla desmienten rotundamente los rumores y afirman que tal ofensa no quedará sin consecuencias. De hecho, nuestras fuentes más fiables revelan que ya están preparando su venganza y parece ser que no habrá piedad para con los "pseudohéroes". La polémica está servida. Sigue pendiente en Doblando el Mapa para conocer los resultados de esta provocación, al parecer desmedida.

CONFIRMADO: LA CULPA FUE DEL PIMIENTO.- Este es quizá el asusto que más dudas y suspicacias ha despertado entre quienes leen este humilde blog. Efectivamente, la indisposición sufrida por El Andaluz Errante durante una de sus últimas fiestas fue, exclusivamente, a causa del pimiento picante, como pueden confirmar comentarios recientes y esta foto que llega a redacción. Inmortaliza el momento en que el reportero no profesional deglute el pequeño artefacto tóxico.  

    

     Seguiremos informando. ¡Hasta pronto!

Saludos errantes.

CRÓNICAS DEL CHEF ERRANTE: INDIOS Y VAQUEROS

CRÓNICAS DEL CHEF ERRANTE: INDIOS Y VAQUEROS

     A las buenas. Otro viernes más. ¡Qué bien! El Chef Errante y sus especias han vuelto para dar un poco de sabor. Ya sabes cómo me enriquecen estas citas semanales contigo, visitante de Doblando el Mapa, a quien tengo en la más absoluta estima, y cómo me cuecen esos comentarios acerca de mis posibles gustos en otros ámbitos de la vida quizá más íntimos. Pero no importa. Estoy feliz de poder brindarte otra de mis exquisitas recetas de vida a través de las cuales pretendo formarte en el apasionante mundo de la cocina profesional. Hoy tenemos al fuego unos ingredientes fuera de serie. Ya sabes cómo no se entra en una cocina. También conoces una posible forma de colarte dentro. Y una vez ahí, ¿qué hacer?, ¿cómo actuar? , ¿a fuego lento o en plena ebullición? Sólo la experiencia puede darte la respuesta; aquí tienes una pequeña prueba a modo de degustación.

Receta del día:

Lecciones de cocina creativa.

     John Wayne, Bud Spencer y Terence Hill me esperaban el lunes siguiente en la singular cocina del Fort Apache. Aproveché el que podía ser mi último fin de semana de libertad para despedirme de mis seres queridos y recordarles que siempre los llevaría en el corazón. Sabía que podía no volverlos a ver en mucho tiempo dada la condena que yo mismo me infligía, extrañas locuras de juventud. Iba a pasar toda una semana de prueba en aquel laboratorio gastronómico; el éxito implicaba no volver a ver la luz del sol en mucho tiempo, a cambio de una nueva experiencia. No sé en qué estaba pensando, la verdad,  pero estaba decidido a ello.

     Todavía no había abandonado oficialmente mi puesto de comercial de Gas Natural, así que aparecí por la oficina el lunes temprano, pensando que era uno de los últimos días en los que tendría que ver las caras a aquellos  piratas redomados: nunca estuve convencido de que pudiera llegar a sentirme realizado  en un lugar donde había diez comerciales y cuatro directivos. Después de la reunión de rutina, en lugar de visitar a mis clientes, como de costumbre, emprendí el camino hacia el restaurante. Allí me presenté con mi pelo recogido -entonces era un jipi  pelilargo-, mi camisa, mis pantalones de pinza y mis elegantes zapatos, conjunto del que se componía mi mono de trabajo de picapuertas. Saludé a John al entrar, luego encontré en la cocina, como era de esperar, a Bud y a Terence, que me esperaban con el cuchillo en la mano. Creo que las muecas contenidas de la plantilla del Fort Apache se debían a mi curiosa vestimenta.

      Bud Spencer, jefe y maestro de cocina, me recibía con un espléndido tomate. Sin duda una señal de gloria. Me disponía a darle un bocado, pues mi desayuno había sido especialmente frugal, cuando me sugirió: "Córtalo en rodajas finas". Cogí el cuchillo y la hortaliza en cuestión; traté de hacer gala del más sofisticado corte en rebanadas, con poco éxito. La tabla de cortar, inundada en jugo de tomate, albergaba una serie lonchas desiguales y mayoriatiamente amorfas. La cruenta carnicería vegetal impresionó, sin duda, a Bud, que al parecer temió por mi salud. Limpié todo y puse aquella versión descompuesta de tomate en un recipiente. "¡Listo!", sonreí con cara de aprendiz voluntarioso. La diplomacia parecía ser una de las virtudes del cocinero: "Muy limpio, eso es importante. Pero para cortar, debes recoger los dedos así."  Agarró otro tomate y en cuestión de un segundo pasé a ver una serie de rebanadas perfectas sobre la tabla, que había cortado plegando los dedos sobre el tomate. "Es esencial que no te lleves un dedo entre las lonchas."

     Traté de retorcer los dedos de artrósica manera todo lo que pude sobre el cuarto de lechuga que me dió después para que cortara en juliana. No sé qué les había ocurrido a los cocineros del mundo con la juliana. Durante años había cortado lechugas con la mano y el sabor no variaba en absoluto. En fin, había que claudicar, así que volví a mi ya famosa juliana fantasía, que desparramé por toda la partida lo mejor que pude. Cuanto más hubiera fuera de la tabla, mejor. ¿No se trataba de eso?. Los dedos me dolían de forma espectacular.

     Luego, para mi sorpresa, pasamos a un interesante apartado. Aprendí a hacer sanjacobos, esos elaborados filetes de jamón cocido rellenos de queso y empanados. Todo un bocado de gourmet, que para mí supuso todo un desengaño, sin embargo. Acudía a aquel lugar con la idea de que la cocina era una profesión artística e inspiradora, pero aquello era la versión gastronómica de la cadena fordiana. Montones de lonchas de jamón, montones de lonchas de queso, una enorme  batea de pan rallado y un cubo de huevo batido. Había que armar el sanjacobo, sumergirlo en el huevo, enterrarlo en el pan rallado y apretarlo bien para que quedara unido. Y después otro. Y luego otro. Y otro...

     Dado lo repetitivo y aburrido hasta el extremo de la tarea, comencé a experimentar con aquellos cuadrados perfectos de jamón y queso, creando nuevas y extraordinarias formas que sin duda sorprenderían al público; piezas extremadamente prensadas, más finas, más anchas, más informes y decoradas con grumos de pan rallado y huevo por doquier. Bud Spencer podía estar contento conmigo.

      Llegó la hora del servicio de comidas. Una camarera rechoncha y con gafas, vestida de soldado del Séptimo de Caballería, como era de rigor en aquel lugar de distinción, aparecía de vez en cuando por la puerta de la cocina a cantar las comandas con voz de pito. Bud Spencer y Terence Hill corrían de un lado para otro haciendo yo no sé qué cosas.  No entendía por qué se estresaban; yo continué dando rienda suelta a mi arte culinario frente a la bandeja de sanjacobos durante toda la jornada.

     Durante los días siguientes tuve la oportunidad de aprender numerosas variantes de la cocina en cadena y de introducir mis propios estilos, como todo buen chef que se precie. Así, transformé los aros de cebolla en modernas y gruesas pulseras fritas, los rollitos de queso en flamenquines modelo manillar ergonómico y las hamburguesas en sofisticados filetes planisferio.

     El viernes ya dominaba a la perfección todos los entresijos de la cocina creativa. Sólo quedaba pasar la prueba de fuego: tendría que hacer frente a los hambrientos comensales del domingo, que se multiplicaban por siete con respecto a los días de entresemana. Eso sería un paseo, puesto que, una vez que había conseguido variar todo el menú del Fort Apache, sabía que aquel restaurante ya no sería lo mismo sin mí.

* * *

     Ya lo sabes, tu creatividad puede abrirte definitivamente las puertas de una cocina profesional, ¿verdad?. En fin, disfruta de tu fin de semana y come lo mejor que puedas.

Buen provecho.

UNA TARDE EN EL FALLA (Omar Faruk Tekbilek)

UNA TARDE EN EL FALLA   (Omar  Faruk Tekbilek)

     No vayas a pensar que El Andaluz Errante es sólo un amante de la jarana sin control. Tienes razón en que hasta ahora la mayoría de las crónicas incluyen alusiones a términos como juerga, fiesta, cerveza, vino y similares. No lo niego: el espíritu festivalero invade a quien te escribe en numerosas ocasiones, pero esta es una más de mis múltiples facetas. También El Andaluz Errante es un ferviente admirador de la cultura en todas sus manifestaciones. No por otra razón se creó la sección Crónicas de Arte, quizá el menos frecuentado hasta ahora de los temas de este humilde blog, pero no por ello menos importante. De hecho, su presencia va mucho más allá del mero valor testimonial.

     Como ejemplo de ello, hoy traigo a tu vista el relato exquisito de cómo, junto a la archiconocida Argentina Aflamencada tuve el honor de disfrutar de un espectáculo sublime. Hablo ni más ni menos que del concierto que, junto a su fenomenal banda, brindó el cantante y músico sufí Omar Faruk Tekbilek, turco de nacimiento y ciudadano del mundo de condición.

     Iba un buen día (todo lo bueno que puede ser un día laboral) caminando hacia el trabajo cuando me encontré por sorpresa con un cartel aferrado a su pared como si de una lapa se tratase -no hubo forma de despegarlo para llevarlo a casa. ¡El gran Omar Faruk actuaba en Cádiz el día 10 de junio, en un enclave ideal como no podía ser otro que el Gran Teatro Falla! Cuna carnavalera de mis sesiones de cine universitario y teatro barroco durante mi etapa de estudiante, era genial tener una oportunidad como aquella para disfrutar  nuevamente de las butacas del Falla, y más con un espectáculo como aquél.

     Tras convencer a la benévola Argentina Aflamencada para que me acompañase con una sesión de horas de escucha de la música del turco (derrota por abatimiento, se llama la técnica) me apresuré en llamar para reservar dos entradas. La amable telefonista me advirtió de que solo quedaban asientos libres en el paraíso -el gallinero, para los mundanos- del teatro, sin numerar.

     Significaba aquello que no sólo tendríamos ocasión de ver un espectáculo por todo lo alto, sino también desde todo lo alto, con el enriquecimiento que da la observación y el análisis del comportamiento social en este tipo de circunstancias.

      No fue difícil conseguir un fin de semana más que el bueno de mi viejo nos dejara el coche. Con La Argentina Aflamencada al volante nos plantamos en la Tacita de Plata (la urbe gaditana, para quien no controle la bahía) dos horas antes del espectáculo; no en vano su apellido en el Google Earth es Fittipaldi. Recogimos las entradas en el Falla, delicioso edificio. La taquilla lucía el cartel Localidades agotadas para el espectáculo de hoy. Impresionante. Tras tomar café y hacer acopio de literatura en el rastro de la plaza del Mentidero  (conseguí toda una joya, el libro Un vago, dos vagos, tres vagos, de El Gran Wyoming, indiscutible genio de nuestro tiempo), volvimos a la puerta del teatro a hacer la cola correspondiente a los titulares de entradas sin numerar. Toda una especie en sí misma ésta última, no te creas.

     Ocho de la tarde. La Argentina Aflamencada y El Andaluz Errante ocupaban los puestos catorce y quince de la fila, situación muy favorable si tenemos en cuenta que quince minutos después la jauría humana se perdía de vista tras la esquina del local. Tras de mí un par de amigas mantenían una larga conversación acerca de meditación trascendental, luchando por cuál de ellas soltaba la verdad más categórica y reveladora. Nunca escuché en mi vida mayor brocheta de tópicos sobre la felicidad, la paz interior y el hare hare.Es lo que propicia esta clase de recitales, aunque al menos son tranquilos en cuanto a que no se acerca por ellos ningún fascistoide ni cani alguno. Ocho treinta. Una señora con una niña de la mano se acerca al grupo de intelectuales que teníamos justo delante. Saludos efusivos, conversación inicial y un terrorífico "Esperad, que voy a avisar a Fulanita, que está atrás en la cola" que salió de los labios de la señora. Sin disimulos, ¿para qué?. Ocho y treinta y dos. Fulanita resultó ser toda una congregación paralela de culturetas que se sumaron al grupo primigéneo. Mi mujer y yo pasabamos a los puestos veintiocho y veintinueve como por arte de magia. La caída de Valentino Rossi en el Gran Premio de Jerez de Motociclismo no fue peor que aquello en cuanto a pérdida de posiciones.  Ocho y cuarenta y cinco. La Argentina Aflamencada comenzaba a preguntarse interiormente qué hacía allí en lugar de estar viendo el partido Argentina-Costa de Marfil en cualquier bar del paseo marítimo.

     Al poco tiempo se abrieron las puertas del teatro. Comprobamos que la cultura no está reñida con el deporte. La estampida de intelectuales corriendo por las escaleras de los dos pisos que nos separaban del Paraíso fue apoteósica. Todos en la civilizada lucha por un sitio decente en las gradas. Yo corría como podía para estar a la altura de las circunstancias y subir mi nivel cultural tan rápido como podía. Mi mujer hacía esfuerzos sobrehumanos por seguirme. Ahora se convencía de que definitivamente hubiera sido mucho mejor optar por el deporte rey. 

     Exhalando lo poco que nos quedaba de aliento, logramos un par de lugares (duros asientos de madera rígida como piedra) en la primera fila del gallinero, justo detrás del palo, quiero decir, de la barandilla. La carrera mereció la pena. Rodeados de gente con prismáticos (individuos especializados en la materia teatral), sentimos los tres timbres de aviso. Las luces fueron bajando. El murmullo constante se apagaba al mismo tiempo. En el escenario, salpicado de bendires (panderos árabes), darboukas, laúdes, un qanun (especie de salterio) y flautas varias (del tipo kaval turco y nai marroquí) que se combinaban de manera extraña con teclados y una guitarra acústica. Todo a punto. Poco a poco, los músicos entraban silenciosamente a escena. Mientras se colocaban en sus asientos, dispuestos en semicírculo, aparecía el gran Omar. El aplauso fue demoledor.

     Durante el primer tema, nos dejó a todos boquiabiertos. Suenan teclados, laud y luego flauta, de los labios del maestro. Tras soltar el viento, hizo gala de su impresionante dominio de registros vocales en un estremecedor canto sufí. Subía a los agudos más altos y luego se adentraba en graves cavernosos, con un sentimiento tal en lo que hacía que directamente tocaba el alma. La carne de gallina en todo el patio de butacas, palcos, plateas y por supuesto en el gallinero, que ahora se convertía de nuevo en paraíso.

     Después de una apertura de tamaño nivel, siguieron numerosas muestras de mestizaje musical como sólo podía darse entre los artistas turcos, italianos, griegos, armenios y yankis que ocupaban las tablas. Del trance a la melancolía, y de ahí a la alegría y el ritmo. Cerrando con una fiesta en dos bises en la que las espontáneas de las escuelas de danza del vientre hacían sus pinitos frente a los músicos. Algunos de ellos se miraban con picardía como repartiéndose el botín. Todos se lucieron con impresionates solos.

     Casi dos horas de recital en las que el sublime calor no  fue impedimento  para el deleite;los sentimientos se movían por dentro como corrientes eléctricas. Fue resultado de la música en directo con todas sus consecuencias: viva, inventándose a cada momento a sí misma, plagada de improvisación y de frescura sostenidas por modos ancestrales.

     Pude traerte un par de fotos del evento. En la primera de ellas puedes ver cómo El Andaluz Errante hace gala de prestancia y su saber estar en un espectáculo de semejante altura. Importante la rectitud de espalda, la seriedad del semblante y, fundamental, la mano sosteniendo la barbilla con aire trascendente. Para que luego digas que sólo soy un juerguista. En la principal, Omar Faruk rodeado de su banda en uno de los momentos clave del espectáculo.

     La segunda tuvo sus riesgos; el reportero no profesional se expone en más de una ocasión por el placer de informar a sus visitantes. Mientras la estaba sacando con la cámara digital de mi mujer, el tipo que estaba a mi lado me espetó con tono intransigente: "Si no puedes sacarle el sonido a la cámara no saques más fotos". Amigo de sus amigos, sin duda. El Andaluz Errante, ser razonable después de todo, evitó altercados limitándose a apagar el artefacto y tragándose un par de frases célebres en pro del recital. Pero no quedó sin venganza el agravio. Al cabo el tipo seco se ponía a seguir el ritmo sobre la barandilla, oportunidad que no desperdicié para indicarle: "Perdona, ¿te importaría no dar golpecitos, por favor?" . Saboreé el momento vuelto hacia el espectáculo, mientras podía sentir como el tipo me miraba fijamente con cara de lunes después de hacer la declaración de la renta y que salga positiva. No importaba, mis sentidos estaban en otra parte, allá abajo, y mi mente evadida en los cálidos oasis de la música.

     Tras aquellas dos horas, salí de allí con el trasero como un bendir (pandero árabe), pero con el espíritu satisfecho. Nunca podré agradecer más a La Argentina Aflamencada que supiera perderse un partido de fútbol como en aquella ocasión. Te quiero, chula.

Saludos Errantes.

Más sobre Omar Faruk Tekbilek

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Biografía

Otra biografía

Entrevista

CRÓNICAS DEL CHEF ERRANTE: LA CARNE EN EL ASADOR

CRÓNICAS DEL CHEF ERRANTE: LA CARNE EN EL ASADOR

     A las buenas. Aquí tienes de nuevo al Chef Errante, dispuesto a aderezar tus viernes una vez más.Con los cuchillos afilados, el delantal radiante, el fuego a punto y la sartén por el mango, tengo que agradecer tu visita infalible a la cita que tenemos semanalmente. Antes de comenzar con la nueva receta que hoy triago preparada, quisiera transmitir, ya que se me brinda la oportunidad, la satisfacción que me aportan algunos de los comentarios recibidos a raíz de mi receta de la semana pasada. Gozo más que con un puchero calentito al saber que en algún caso ha suscitado una hilaridad limpia y eficiente como una hornilla nueva. Sin embargo he de decir también que, con respecto a algunas bromas menos sabrosas, no pienso hacer caso a los piques. Sencillamente, considero que no es un dato relevante la apetencia sexual de un cocinero profesional, así que no pienso hacer declaraciones sobre este punto. De hecho, para que puedas disfrutar de mis recetas de vida, no necesitas saber si el Chef Errante es gay o no. Pero no te preocupes si sientes una alusión directa con lo que acabo de comunicar. Para que veas que no me enfado, también a tí te dedico esta suculenta receta. ¡Eah! Pasemos un trapo por la encimera y a cocinar se ha dicho.

     La semana pasada partimos de una base fundamental para el ámbito culinario: aprendiste cómo no entrar en una cocina. Lección práctica, útil y sin duda más aprovechable que un cochino ibérico. Pero sin duda no puedes quedarte sólo con esa enseñanza, al menos si pretendes realmente llegar a chef algún día. Por eso es que hoy, revisando entre mis viejos libros de recetas, he pensado que lo más indicado es mostrarte otra de las formas posibles de intentar acceder al puesto de trabajo de técnico en platos, ollas e ingredientes. Espero que el resultado sea apetecible.

Receta del día:

Pase sin llamar.

     Después de mi último intento frustrado entre las cacerolas del Emperador Trajano, decidí un  cambio de rumbo en mi dura y desabrida existencia. A partir de entonces me dediqué a buscar trabajos normales de persona normal, como ofrecer radios y lamparitas a la gente que pasaba por la calle. Dedicado de lleno a mi carrera de vendedor ambulante,  confiné mi vocación gastronómica a la siempre mugrienta cocina de mi piso de alquiler de la Alameda. 

     Allí comencé a experimentar con rigor científico mezclando todos los víveres que podía conseguir. Incluso, para obtener una visión objetiva de mis resultados, invitaba repetidas veces a comer a diferentes amistades que, con gusto, se prestaban a la prueba. Según pasaban los meses iba percatándome de mi evolución en la materia: las sonrisas de los comensales y sus exclamaciones del tipo "¡mmm!, ¡qué bueno!" se acercaban cada vez más a la sinceridad total.

     Bien, pasaron los años y el destino, rueda imparable, me llevó por distintas viviendas, ciudades, puestos de trabajo y amistades. Un profundo párrafo con el que lo único que pretendo es saltarme todo lo que no interesa hasta que llegamos al meollo de la cuestión. De nuevo en Sevilla, un gélido mes de noviembre, me encontraba quemado como una patata olvidada en el horno. Mi empleo como comercial de calefacciones e instalaciones de gas natural no era del todo realizante, especialmente durante el recién pasado verano. ¿Quién piensa, en Sevilla, en pleno agosto, si es que no ha podido huir hacia la costa, en instalar una calefacción?

     Pues resulta que una amiga de la novia de un amigo trabajaba en la barra de un curioso restaurante donde les hacía falta un cocinero. Cuando la novia de mi amigo me lo hizo saber, vi ante mí una nueva oportunidad de fama y gloria. No dudé en tomar un autobús hacia la otra punta de la ciudad para aparecer aquel viernes por la noche en el Fort Apache, pues si de algo está llena mi gran cabeza es de empeño y, créeme, cabe mucho.

     Un pub lleno de humo y gente con la cabeza llena de humo fue lo primero que encontré al atravesar la puerta del Fort Apache. La decoración hacía honor al nombre del lugar, todo revestido de madera, con fotografías de indios en las paredes y alguna mollera de búfalo disecada. Curiosa variante western de los típicos bares cañís, con carteles de la fiesta nacional y cabezas de toro amenazando con caer de la pared y clavar un cuerno en el ojo de algún borracho. También las bebidas y el público eran, consecuentemente, variantes. Al tintorro lo sustituían enormes balones de güisqui, y a los paisanos jugadores de dominó, camperos venidos a más: con sus abrigos Husky, sus pantalones de pana y su pelo engominado como para provocar que el cuerno del búfalo rebotara en caso de accidente. "¿Dónde está aquí el restaurante?" fue lo primero que pude pensar en cuanto el humo me dejó ver algo. Tras la barra se veía a la camarera amiga saludando con la mano. "Ahora aviso al encargado", creí entenderle entre el murmullo constante y la música de moda de Operación Triunfo.

     Al cabo de unos segundos aparecía desde una puerta misteriosa que había al fondo un individuo largo como un día sin pan, flaco como si se hubiera pasado un mes sin pan y encorvado como si anduviera buscando migas de pan por el suelo. Era P..., el encargado, que no estaba vestido de boy scout, como creí en un principio, sino de soldado del Séptimo de Caballería. Es por ello que lo llamaré John Wayne, para no romper el encanto del lugar.

     Tras el protocolo del saludo, John Wayne introdujo la conversación, como para llevar las riendas del asunto: "Me ha dicho tu amiga la camarera que eres cocinero..." ¿Qué responder en esa situación? ¿Podría pasar esta vez por un chef experto? Tomando en consideración el contexto general, probablemente. Parecía un lugar de locos, aquél. Sin embargo, ¿podía permitirme correr el riesgo? Desde luego, no tenía experiencia en cocina, pero sí como fracasado, con lo cual no tenía nada que perder; puse, pues, toda la carne en el asador: "Mira, John, nunca he trabajado en una cocina, la verdad, pero sí en hostelería. He sido camarero en Castellón y, bueno, allí ví la cocina de cerca"-omití la parte en la que robaba bollos, me pareció poco cortés-"y además, en casa el que cocina soy yo. Vosotros necesitais un cocinero urgentemente, y yo aprendo deprisa. Hacedme una prueba y si no os gusto, me voy sin problema."

     ¿Has visto alguna vez cómo se le salen a una persona los ojos de las órbitas, la mandíbula se le cae al suelo y su cara se tiñe de cuadros escoceses? Yo tampoco, pero en esta ocasión me faltó un cuarto de hora. John Wayne estaba más confuso que el paradero de Bin Laden, pero como buen cowboy tenía que tomar una decisión rápida. "Voy a hablar con el jefe de cocina. Ven conmigo."

     Resultaba curioso, la densidad del humo parecía mucho mayor alrededor de John Wayne que en el resto del pub mientras le seguía. Atravesamos la misteriosa puerta y, tras cruzar un pasillo, dimos a parar a un enorme comedor lleno de vitrinas con trajes de indios americanos, arcos, flechas, sombreros de vaquero, revólveres y demás objetos de colección. Parejas y grandes grupos salpicaban el local degustando sus menús, aunque no les presté mucha atención, la verdad. Cuando llegamos a la cocina, enorme y de una blancura cegadora, me costaba trabajo distinguir si lo que tenía John en la garganta era la nuez o alguna otra parte de su anatomía que se había movido de su  lugar. Abordó entonces al jefe de cocina. Yo estaba un poco retirado, de modo que no podía oir lo que hablaban, pero el rostro del cocinero se volvía como de piedra poco a poco. Al cabo asintió inclinando la cabeza.

     John respiró aliviado y me indicó que me acercara: iba a presentarme oficialmente en la cocina. El jefe era bajo y rechoncho, y su compañero alto y delgado, de modo que los llamaré a partir de ahora Bud Spencer y Terence Hill, sin más explicaciones.  "Bueno -argumentaba John Wayne- este chaval viene a trabajar con muchas ganas, así que vamos a hacerle una prueba de una semana, para que aprenda, ¿no?."  Su sonrisa bien podía haberle roto las orejas. Bud Spencer, rostro de piedra, lo secundó dirigiéndose a mí: "Bien, vente el lunes, y te quedas la semana entera. Si te desenvuelves bien, te aceptamos."  Terence Hill se presentó de forma escueta: "Hola, me llamo Terence y soy maricón."

     Aún hoy no encuentro la causa de la relación, pero en la gran mayoría de las cocinas hay un cocinero gay. Es uno de los grandes misterios que rodea al enigmático mundo culinario. Pero no es esa la cuestión. ¡El tema es que me habían concedido la dichosa prueba!

     No lo podía creer, aunque los motivos estaban claros: en una cocina donde el personal habitual son tres cocineros, se les había marchado una de repente, de forma que niguno de los otros dos podía descansar el día y medio estipulado por semana. Iban a aprovechar la situación porque no tenían nada mejor (la picaresca en Sevilla se remonta a los tiempos de Cortadillo y Rinconete). Después... Alá proveerá.

     En fin, no importaba. Aunque fuera por las circunstancias, por fin tenía mi oportunidad. Quería ser cocinero y al cabo parecía que lo había conseguido, ¿o no?.

* * *

     Bien, ya tengo que ir recogiendo los cacharros, pero volveré la próxima semana con una nueva receta para deleite de quien visite al Chef Errante. Espero que la semana no se te haga muy larga.

Buen provecho.